martes, abril 16, 2024
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Por: P. Rodolfo Orosco Gil

Roma, Italia.

Un día al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos. «Vamos a la otra orilla» Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban.

Claramente Marcos nos va marcando las pautas entre un pasaje y otro, a fin de que podamos distinguir cada momento en la obra salvadora de parte de Jesús. Es decir, después de haber terminado de enseñar a la gente a través de las parábolas, decide ir a otra ciudad,  para lo cual será necesario cruzar el mar utilizando la barca en la que ya se encontraba. Es entonces cuando el evangelio comienza a darnos los detalles del milagro que está a punto de suceder.

La descripción de los hechos nos remite a la tarde, seguramente muy de cerca a la caída del sol, por eso se entiende sin mayor problema el cansancio de Jesús, después de una larga jornada de actividad misionera. El agotamiento era a tal grado que san Marcos nos hace pensar que en cuanto Jesús subió a la barca se dispuso a dormir cayendo en un profundo sueño. De esto podríamos interpretar la absoluta confianza que él tenía en sus discípulos, pues al ser pescadores sabían manejar perfectamente una barca, era justo pensar que no habría porque temer. De las otras barcas no se vuelve a mencionar nada.

Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua.

Dicen los exégetas que este pasaje nos recuerda la guerra que existió entre Dios y el océano en el Antiguo Testamento, donde el mar era visto como una fuerza hostil y monstruosa que sólo el Creador puede dominar.

Si tenemos que hacer referencia a esos momentos de lucha, inmediatamente viene a la memoria la división del mar Rojo cuando éste se había convertido en un obstáculo en la liberación del Pueblo de Israel. En ese preciso momento Dios impuso su señorío y poder al darle la indicación a Moisés de dividirlo. Los israelitas lo cruzaron sin ningún peligro, pero sí se convirtió en la tumba de egipcios que los perseguían. Por su parte la primera lectura del libro de Job llama bastante la atención por las palabras y el lenguaje que utiliza para describir el mar, como si se hablara de una persona muy poderosa. Entendemos que se está personificando el océano para llegar a comprender con mayor facilidad el poderío de Dios sobre él. Esta manera de escribir es parte de los recursos literarios que se necesitan para transmitir con mayor facilidad un mensaje y que no son únicos en la Sagrada Escritura, puesto que forman parte del estilo literario del tiempo. Prueba de ello son los poemas creacionistas de Babilonia, en los que leemos la guerra que hubo entre el dios Marduk y el mar.

En cuanto a la historia, la literatura, las poesías o canciones sabemos que algunas de las grandes hazañas se desarrollaban en el mar, porque los miedos más profundos que cualquier héroe podía vivir se experimentaban en él. Por eso se comprende que para muchos escritores, el poderío del mar fue algo que inspiraba miedo y respeto al mismo tiempo. Basta recordar la famosa Odisea del poeta Homero. Algunas culturas llegaron a manifestar una fuerte creencia en las leyendas que se contaban sobre los monstruos marinos, a tal punto que fueron presas del miedo, incluso en la biblia encontramos señales de eso, como la creencia en el famoso Leviatán al que el mismo libro de Job hace referencia.

Este miedo al misterioso mar era tal, que incluso en la época de la conquista en México, las embarcaciones españolas se encomendaban a la Virgen del Rosario, a quien nombraron patrona de los marineros, para pedir su protección y no perecer en manos de las sirenas, tal y como lo decían las leyendas de su tiempo; por eso aunque resulte increíble, aquello que se contaba en la odisea en el siglo VIII a. C. seguía siendo objeto de temor para los marineros del s. XVI d. C., prueba de ellos son las sirenas que se encuentran plasmadas a la altura de las cornisas de la capilla del Rosario en el templo de Santo Domingo en Puebla capital. Como podemos ver el mar siempre ha sido imponente, poderoso, y destructor si así se lo propone. Todo esto resulta muy parecido a los miedos de toda persona, si queremos hacer cierto paralelismo. Pero no hay que olvidar todo lo que ha dicho la primera lectura, Dios es el que gobierna y el que le pone límites al mismo mar sin que este pueda hacer algo en su contra.

En el evangelio se nos cuenta que esa fuerza devastadora del mar, a la que además se le une el viento, comenzaron a atacar la barca de Jesús y los apóstoles, amenazando con hundirla porque casi se llenaba de agua.

Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?»

Como lo dije al principio no es difícil entender el agotamiento físico que tenía Jesús al grado de no percatarse de lo que sucedía afuera. No es difícil pensar que probablemente eso molestó a los discípulos, porque no sabríamos en que tono interpretar la pregunta que le hacen, si como una súplica que implora ayuda o como un reclamo de quien es inconsciente e indiferente de lo que sucede en el exterior.

San Atanasio decía: Despertaron del sueño la Palabra que navegaba con ellos, e inmediatamente el mar a la orden del Señor, quedó mudo y fueron salvados tanto los predicadores y los doctores, por decirlo así: los narradores del milagro de nuestro Señor, que son también para nosotros por su ejemplo, un estímulo para imitar.[1]

Ante la escena de los discípulos angustiados se contrapone la imagen de Jesús que duerme tranquilamente, de lo que debemos entender que su sueño representa la confianza y la fe que aun los apóstoles no tenían. No fueron capaces de darse cuenta que iban con Aquel que a todos puede salvar.

Por su parte Orígenes decía: Todos ustedes que navegan en la barca de la fe con el Señor, todos ustedes que atraviesan las ondas de este mundo en la barca de la santa Iglesia  con el Señor, si bien él dormía un piadoso sueño, esperando su paciencia y tolerancia y soportando la penitencia y la conversión de los impíos, acérquense a él con ardor no dejando jamás de rezar. [2]

Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: « ¡Silencio, cállate!» El viento cesó y vino una gran calma.

Si hasta el momento las experiencias del Antiguo Testamento nos han manifestado que Dios es el único que puede dominarlo, esta es una prueba irrefutable que expresa la divinidad de Cristo, quien como Dios tiene poder absoluto sobre lo creado. Por eso en este pasaje se nos presenta a Jesús, como el dominador de todas estas fuerzas que amenazan la vida del hombre.

San Agustín decía: Si has escuchado un insulto, eso sería el viento, si te has enojado, eso sería la tempestad. Si por tanto, sopla el viento y surge la tempestad, corre peligro la nave, corre peligro tu corazón porque se encuentra agitado. Al escuchar un insulto tú deseas vengarte, y he aquí que te has vengado, y disfrutando del mal ajeno, has hecho naufragio. Y ¿Por qué? Porque en ti duerme Cristo, que quiere decir esto: ¿en ti duerme Cristo? Que te has olvidado de él, despiértalo, acuérdate de él… Cuando surge una tentación, esta es como el viento, tú estás agitado, está la tempestad, despierta a Cristo y habla con él.[3]

Él les dijo « ¿Por qué son tan cobardes? ¿Aún no tienen fe?» Se quedaron espantados y se decían unos a otros: « ¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!»

Este  suceso sin lugar a dudas, era el momento preciso para que los discípulos demostraran de verdad su fe en Jesús, pero de acuerdo a lo evidenciado, manifestaron todo lo contrario, la fe que del tamaño de la semilla de mostaza en la que tanto había insistido el Señor en la parábola anterior, había quedado muy grande para los discípulos. Por eso Jesús los cuestiona y les echa en cara su falta de fe.

Curiosamente hasta este momento es cuando el evangelista nos dice que los discípulos se llenaron de miedo, cuando fueron testigos de la forma y la autoridad con la que Jesús domino al viento y al mar. Quizás les hacía falta ser testigos de que Jesús tiene poder de verdad en su palabra y que su voz es imperante, y si el mar y el viento lo obedecen, entonces ¿qué esperamos nosotros para hacer lo mismo?

Los Padres de la Iglesia en general, hicieron una bella interpretación de este pasaje. En la barca vieron prefigurada la Iglesia, en la que en su interior se encuentra Cristo y sus apóstoles. Al principio oímos que había más barcas y que juntas comenzaron la travesía, sin embargo ya no supimos que sucedió con ellas. Lo interesante aquí es entender, que quien se encuentra en la barca de Cristo, no perecerá.

De este pasaje podemos comprender que la Iglesia, mientras navega en el mar, constantemente está expuesta a los peligros, porque las olas enfurecidas que en determinados momentos de la historia la han golpeado, han sido una fuerte amenaza que a veces parecía que estaban a punto de hundirla. Sin embargo por la presencia de Jesús en ella, hasta el presente ningún mal ha podido destruirla. Lo mismo podríamos aplicar en nuestra vida personal. Es cierto que muchas veces somos también como esa barca que por todos lados es azotada, nos angustian los problemas familiares, la salud, el coronavirus, la inseguridad, la falta de empleo, las injusticias, la maldad de las personas, los peligros de la delincuencia y corrupción. Sin embargo al escuchar el evangelio de hoy, debemos de hacer caso de lo que allí se nos enseña, porque mientras Cristo vaya en nuestra barca, ningún mal podrá hacernos daño.

¿Qué se necesita para que Cristo vaya con nosotros? La respuesta se encuentra en los sacramentos, porque a través de ellos, el Señor permanece en nuestra vida. A esto, también hay que sumarle nuestra participación en la eucaristía, la oración y las obras de misericordia, y así sabremos si Cristo está en nuestra barca. Nada de lo ya mencionado implica un gran desafío, sino solamente la fe y la fuerza de voluntad para acercarse a Dios. Por lo tanto, en medio de las dificultades no tengamos miedo, y apoyémonos en la certeza de que el mar y el viento ningún daño nos podrán hacer,  porque a Cristo siempre lo obedecerán.

[1] Cf. Atanasio, Lettera festale 19,6.

[2] Cf. Orígenes, Omelie sul Vangelo di Matteo 3,3.

[3] Cf. Agostino, Discorsi 63, 2-3

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