miércoles, mayo 22, 2024
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Por Pbro. Rodolfo Orosco Gil

Roma, Italia

La cuaresma es un tiempo litúrgico en el calendario de la iglesia que inicia con la imposición de la ceniza cuya finalidad es preparar a los cristianos a celebrar la Pascua. Este tiempo especial hunde sus raíces en la preparación de los catecúmenos al bautismo, la penitencia pública y la disposición de toda la comunidad cristiana para celebrar la resurrección del Señor.

Es relevante decir que la palabra cuaresma viene del latín cuyo significado es cuarenta. Por tanto dura cuarenta días porque es el mismo tiempo que Jesús pasó en el desierto haciendo oración y ayunos como preparación a su ministerio. Por eso en el primer domingo de cuaresma, se lee este pasaje del evangelio donde además aparecen las tentaciones. Por su parte en el s. IV cuando se organizaba la preparación para la celebración pascual, se imitaba este periodo para preparar a los catecúmenos, que eran bautizados por pascua y a los penitentes que también eran reconciliados. Se cree que en este siglo es cuando la cuaresma comienza a tener este carácter celebrativo dentro de la liturgia.

Retomando el tema de las tentaciones, el evangelio de san Marcos sitúa este momento inmediatamente al bautismo de Jesús, quien movido por el Espíritu es llevado al desierto. Este lugar adquiere muchos significados y simbolismos en toda la Sagrada Escritura; por ejemplo, está relacionado con el pueblo judío, que después de salir de Egipto caminó por este lugar durante cuarenta años para entrar a la tierra prometida. Será precisamente aquí dónde también el pueblo experimentará el hambre, el cansancio, la desesperación y la tentación de abandonar a Dios haciéndose un ídolo en el que pudiera poner toda su esperanza. Es bien sabido que el pueblo judío no salió bien librado de todas estas experiencias, porque a menudo el diablo ganaba con las tentaciones que le ponía. Por eso al ser llevado Jesús al desierto, revive esa experiencia del pueblo de Dios, sólo que a diferencia de ellos, Cristo es el que vence las tentaciones, demostrando con ello que la naturaleza humana es capaz de dominar a  las fuerzas del mal que siempre estarán solicitas para hacerlo pecar.

Algunos comentadores de la escritura para interpretar este pasaje, se trasladan hasta el origen de la humanidad y establecen cierto paralelismo entre Jesús y la historia de Adán y Eva. Estos últimos a diferencia del Señor, se encontraban en el paraíso. Llama la atención este matiz especial, porque en el fondo se está interpretando que cuando el ser humano cae en la tentación es por más por lo que hay en su interior y pocas veces por las circunstancias que lo rodean. ¿Por qué digo esto? Porque al analizar el contexto de Adán y Eva y el de Jesús nos damos cuenta inmediatamente de las diferencias entre ambos.

Recordando un poco la situación de nuestros primeros padres; lo primero que nos viene a la mente es que a diferencia de Jesús ellos no carecen de nada, Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles deleitosos a la vista y buenos para comer. (Cf. Gn 1, 9) Agua no les faltaba porque de Edén salía un río que regaba el jardín. (Cf. Gn 1, 9). Cuando Dios vio que Adán estaba solo, le hizo una compañera adecuada. (Cf. Gn 1, 18), además de que Yahvé se paseaba cerca de ellos a la hora de la brisa. En cambio la situación de Jesús es totalmente diversa, está en un lugar desértico, no hay árboles, agua, plantas, no puede comer de lo que quiera y hay animales salvajes. Cuando Eva se encuentra sola, el diablo se le acerca para tentarla con la propuesta que ya conocemos, Jesús también se encuentra sólo y el diablo también se le acerca para ponerlo a prueba, sólo que a diferencia de Eva, Jesús vence la tentación y al tentador. Y a diferencia de Adán y Eva que después de comer son expulsados por los ángeles del paraíso, en el caso de Jesús, después de vencer al tentador los ángeles se acercan a servirle.

Satanás es la transcripción de una palabra aramea que significa acusador, el que divide, el adversario. En el libro de Job aparece como un ángel cuya tarea es la de acusar. (Cf. Job 1,2) en la literatura rabínica esta palabra empieza a tener la connotación de príncipe del mal y de antagonista de Dios. La presencia de las bestias salvajes puede tener cierto significado de la potencia del mal. Por lo que en Jesús eso cambiará a una convivencia pacífica con las bestias del desierto como signo del inicio de un nuevo mundo que es instaurado por el Mesías. Jesús se asimila al primer Adán que también vivía entre los animales, el cual les había dado el nombre como signo de dominio.

Este pasaje nos hace entender que Jesús es el hombre lleno del Espíritu que ha venido para vencer al mal y liberar al hombre. Podríamos decir que es una manera de como el Señor nos enseña que llenos de su espíritu, somos fortalecidos para vencer las tentaciones que el demonio nos pone en la vida.

¿Qué significado e importancia tiene todo esto para el cristiano? Como ya lo he dicho al principio, hemos partido del hecho de que la cuaresma es un tiempo formativo para recibir el bautismo, no obstante la mayoría ya hemos sido bautizados, por eso también nos recuerda el itinerario formativo que debemos seguir hacia la pascua. Al meditar este pasaje recordamos que la vida de todo cristiano constantemente se ve expuesta a la tentación, antes y después del bautismo estaremos en una constante lucha con las fuerzas del mal que buscan aparatarnos de Dios. No olvidemos lo que san Pablo le decía a los corintios: quien crea estar de pie, cuide de no caer. (Cf. 1 Co 10, 12) san Pedro por su parte nos aconsejaba estar sobrios y despiertos porque el Diablo como león rugiente, ronda buscando a quien devorar… (Cf. 1 Pe 5,8). Así que es importante estar siempre atentos y preparados.

La cuaresma pone especial énfasis en la conversión para celebrar con dignidad la pascua del Señor. También es importante tener presente todas las prácticas religiosas que nos disponen interiormente. Practicas ascéticas que nos forman en el carácter y la disciplina como buenos cristianos.

La iglesia como madre nos conseja ser más constantes en la oración, actos penitenciales, obras de misericordia. Por eso para los cristianos este es el tiempo propicio para hacer propósitos, para reconciliarnos entre familia, para superar la enemistad, el rencor, los deseos de venganza, la flojera, y a su vez comenzar a ser amables, cordiales, ayudar en los trabajos de casa, ofrecer una disculpa cuando ofendemos, visitar a algún enfermo y ser solidario con él en la medida de lo posible y compartir un poco de lo que Dios nos ha concedido con los necesitados. Al respecto podríamos reflexionar un poco la situación de pobreza que nuestras  comunidades religiosas podrían estar pasando. Muchas de ellas obtenían sus ingresos económicos de la venta que hacían en los atrios de nuestros templos donde ofrecían comida, pan, galletas, dulces, artículos religiosos, manualidades y artesanías que saben elaborar con mucha dedicación. Hoy sabemos que a raíz de los cierres de estos, muchas monasterios se han visto privados de este beneficio, por eso si cerca de nuestra casa, parroquia o población tenemos comunidades religiosas de hombres o mujeres, no dudemos en la medida de nuestras posibilidades ir hasta sus puertas para consumir un poco de lo que producen con mucho cariño, o de promover a través de las redes sociales lo que ofrecen para que puedan seguir consiguiendo el sustento diario. No olvidemos que nuestros hermanos y hermanas religiosos además de conseguir los alimentos también deben proveer de medicamentos a quienes están enfermos o los necesitan por su avanzada edad.

La cuaresma también es el tiempo propicio para los sacrificios. No obstante a menudo crece cierto desprecio por ellos entre los cristianos, partiendo de una mala interpretación del pasaje de la escritura que dice “Misericordia quiero y no sacrificios. (Cf. Mt 9,13) sacando de contexto toda la rica interpretación que se le puede dar a esta cita. Lo que hay que tomar en cuenta cuando la iglesia nos pide hacer sacrificios, es llevar a la práctica ciertas acciones que nos ayuden a ser más sensibles y conscientes de nuestra fragilidad humana. No nos pide regresar a la práctica de los sacrificios judíos, sino poner la mirada en aquellas obras que nos  ayuden a dominar las tentaciones que pueden ser suscitadas por un placer sin sentido. Cuando por ejemplo se nos exhorta a practicar la abstinencia y el ayuno hay quienes dicen que es mejor no criticar a los demás y comer carne, que es mejor ser bueno con el prójimo y no practicar el ayuno, expresando cierto repudio por estos ejercicios piadosos que fueron considerados una riqueza en el Antiguo Testamento y en las primitivas comunidades cristianas. Estas prácticas vistas desde la fe, nos hacen más conscientes de nuestras carencias y de las necesidades que sufre mucha gente todo el tiempo. No obstante cuando nos expresamos mal de ellas y las rechazamos al final del día no observamos ni lo uno ni lo otros. ¿Qué ganamos en realidad? Nada, por el contrario complacimos el cuerpo comiendo lo que quisimos y alimentamos el pecado de la crítica destructiva como siempre.

¿Cuáles son las normas del ayuno y la abstinencia que la iglesia nos recomienda?

  1. Abstinencia de carne y ayuno, el miércoles de ceniza y el viernes santo
  2. Abstinencia de carne todos los viernes del año: pero el episcopado mexicano ha dispuesto lo siguiente: “conscientes de la situación de pobreza en que viven muchos sectores de fieles, y dado que nuestra cultura admite otros signos más adecuados de penitencia, disponemos: que se pueda suplir la abstinencia de carne, a excepción del miércoles de ceniza y viernes santo:
  3. a) Por la abstinencia de aquellos alimentos que para cada uno signifiquen especial agrado, sea por la materia o por su modo de confección; b) o por una especial obra de caridad. c) o por una obra especial de piedad. d) o por un significativo sacrificio voluntario.

Respecto a la ley del ayuno y abstinencia la iglesia nos enseña lo siguiente:

  1. El ayuno: obliga a todos los que han cumplido 18 años, hasta los 59 cumplidos.
  2. La abstinencia de carne: todos los que han cumplido 14 años y la ancianidad por sí sola no exime de esta ley de abstinencia.

Como podemos observar la iglesia ante estas prácticas religiosas da consejos concretos y benevolentes que no se convierten en una carga pesada difícil de soportar.

El ayuno y la abstinencia adquieren un gran valor espiritual cuando los cristianos meditan la pasión del Señor y recuerdan que desde el momento en que fue apresado en el Huerto de los Olivos, hasta su muerte en la cruz no probó alimento, pues al ser detenido era evidente que no lo iban a tratar con comodidades. La iglesia pensando en los sufrimientos del salvador, consideró importante que el cristiano también debía unirse a estos sacrificios por amor a su Señor.

Hermanos vivamos la cuaresma como auténticos cristianos, enriquecidos de todo lo  que contribuye a nuestra experiencia de Dios, de lo que  nos fortalece y nos hace caminar con rumbo en el peregrinar de nuestra vida. Los católicos estamos llamados a distinguirnos perfectamente de una sociedad que ha hecho a un lado a Dios, no para demostrarles que somos perfectos, sino para hacerles ver y decirles que lo que nosotros creemos y vivimos ellos también lo pueden obtener. En la Didajé (enseñanza de los apóstoles), los primeros cristianos observaban todas estas prácticas religiosas no por imitar a los judíos, sino para revalorar la gracia de los sacramentos, por eso decían lo siguiente: “antes del bautismo ayune el que bautiza y el que va a ser bautizado así como algunos otros que puedan” (Cf Didajé VII, 4), por tanto no veamos los sacrificios con desdén, recordemos su significado etimológico del latín sacer que significa sagrado, venerar, consagrar y officium que quiere decir servicio, deber, función de lo que se deduce que un sacrificio consiste en hacer sagrado un deber. Esta práctica no ha pasado de moda, somos herederos de una Iglesia que después de Jesús y los apóstoles se fortaleció por la disciplina y la observancia que había recibido de ellos. Vivamos la cuaresma y demos testimonio con un rostro alegre de que nuestra esperanza esta puesta en la pascua del Señor.

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