martes, mayo 21, 2024
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Por: P. Rodolfo Orosco Gil

Roma, Italia.

La solemnidad de este domingo nos recuerda que toda obra buena que hagamos en la tierra y los efectos que ésta produce, sólo son una pequeña anticipación de lo que nos espera en el cielo. Esta fiesta nos enseña además que todas las obras buenas que hacemos en este mundo en favor del prójimo, los animales, las plantas y la naturaleza en general, tienen sentido en la tierra, porque cualquier acto de amor, cariño, respeto y solidaridad nos dan una anticipación de la felicidad que nos espera en el paraíso.

La imagen que tenemos de Jesús subiendo al cielo mientras se va despidiendo de sus apóstoles, nos ayuda a entender que nuestra patria definitiva es allí donde él está. San León Magno decía: “Si la resurrección del Señor fue un motivo en la solemnidad pascual, su ascensión al cielo es causa de alegría constante, por eso recordamos y veneramos ese día en el que nuestra naturaleza humana fue ensalzada sobre todas las jerarquías angélicas” (Cf. Leone Magno, Discorsi 74,1).  Este evento tan importante nos recuerda que ese es el lugar sobrenatural al que todos estamos llamados a participar, desde allí el Señor sigue en comunión con su Iglesia, con quien está estrechamente unido porque él es la cabeza y ella es su cuerpo. Tertuliano decía: “El Hijo asciende a lo alto del cielo, el mismo que descendió a la tierra, ahora está sentado a la derecha del Padre. Esteban en los hechos de los apóstoles lo veía mientras era apedreado, sentado a la derecha de Dios, donde continuará hasta que el Padre ponga a todos sus enemigos a sus pies. El vendrá de nuevo sobre las nubes del cielo igual que como ascendió”. (Cf. Tertulliano, Contro Prasea 30, 4-5)

El pasaje de la ascensión lo encontramos muy bien desarrollado de la mano de san Lucas, ya que tanto su evangelio como el libro de los hechos de los apóstoles que también escribió y que el día de hoy se lee en la primera lectura, nos ofrecen datos sobre éste particular acontecimiento. Comencemos por lo tanto, citando algunos datos bastante interesantes que nos ayudan a entender el significado teológico y mistagógico que tiene este último acontecimiento de la vida de Jesús en la tierra.

La Ascensión del Señor está ubicada cuarenta días después de la resurrección, tal y como lo dicen los hechos de los apóstoles: Se les presentó el mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios. (Cf. Hch 1,3). Este dato nos ayuda a establecer este suceso en el tiempo y más aún en el calendario litúrgico. Al mismo tiempo nos ayuda a comprender lo simbólico y representativo que resulta ser el número cuarenta en diferentes momentos de la historia de la salvación. Los cuarenta días que nos menciona Lucas son una contabilidad que en la Sagrada Escritura indica plenitud. Por ejemplo 40 días y 40 noches es el tiempo que duro el diluvio; 40, son los años de la peregrinación del pueblo de Israel por el desierto; 40, son los días de penitencia que la ciudad de Nínive hizo para no ser destruida, 40, son los días que transcurren desde el nacimiento de Jesús hasta su presentación en el templo. 40 son también, los días en los que estuvo ayunando en el desierto, y así podríamos seguir citando más ejemplos. En este caso podríamos entender que desde la resurrección hasta la ascensión, el Señor necesitó de estos días para demostrarles a sus discípulos de que en verdad estaba vivo y también para darles las últimas enseñanzas y recomendaciones antes de su partida. Litúrgicamente todos estos domingos de la pascua nos han hecho recorrer este itinerario. San Agustín decía: “Vencido el diablo en la resurrección, Cristo se sienta a la derecha del Padre, donde no muere más ni la muerte domina”. (Cf. Agostino, Esposizioni sui Salmi 71,8)

Por su parte el evangelio de Marcos que hoy se nos ofrece expresa con bastante claridad tres indicaciones que los discípulos deberán de seguir a partir de ahora. La primera tiene que ver con la orden de ir al mundo a anunciar: Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio. (Cf. Mc 16, 15). Es evidente que para Jesús una de las tareas más importantes es la predicación, pues para eso los ha llamado e instruido. Este mensaje no está destinado únicamente al pueblo judío, eso ya lo ha hecho Jesús, sino que ahora es imperativo que crucen las fronteras de su nación y hagan llegar las enseñanzas de Jesús a toda la humanidad. San Justino Mártir decía: “De Jerusalén salieron los hombres por el  mundo, doce era su número, éstos eran ignorantes; no sabían hablar bien, pero gracias a la potencia de Dios, revelaron a todo el género humano que habían sido enviados por Cristo para enseñar a todos la palabra de Dios”. (Cf. Giustino Martire, Prima apología 39, 3).

Segundo, es importante reconocer que tal anuncio será aceptado de buena gana por algunos, para quienes significará el comienzo de una vida nueva y en plenitud, mientras que para otros será algo inaceptable, porque atentará contra sus ambiciones, complejos de superioridad y dominio de los demás.  Para los que se conviertan, será necesario ser bautizados para salvarse y en cuanto a los que no creyeron tendrán como consecuencia la condenación. Esta condena no puede ser entendida en términos de venganza de parte de Dios, eso sería totalmente absurdo. Más bien se está refiriendo al hecho de que quien no acepta la fe, esperanza y amor como un don, vivirá las consecuencias de su incredulidad, tales como la desesperación, envidia, maldad y odio que esclavizan al hombre, lo torturan, y lo vuelven infeliz en la misma tierra.

Y tercero, el discípulo de Cristo tiene poder para expulsar demonios, hablar lenguas nuevas, tomar serpientes que no les harán daño, ningún veneno mortal los aniquilará y tendrán el poder de curar. Ahora bien, es importante no perder el piso ante estas descripciones que nos ofrece el evangelio, de pronto alguno podría comenzar a imaginarse que antes de irse, Jesús está formando un grupo de super héroes al estilo de los vengadores o los X-Men que salvarán a la humanidad. No comprender el evangelio en su esencia y verlo todo desde la apariencia nos puede confundir tanto que nos hará caer en falsas interpretaciones.

Expulsar a los demonios en su nombre no significa que todo discípulo se volverá un exorcista al estilo cinematográfico. Si bien es cierto que algunos sacerdotes tienen esta tarea cuando las circunstancias así lo requieren por el mandato o permiso de su obispo, también lo es el hecho de que toda preparación personal o enseñanza a los demás del mensaje de Cristo, implica ya una manera muy sutil de hacer un exorcismo, al expulsar al diablo de nuestra vida.

Respecto al don de lenguas, es necesario advertir que muchas personas cegadas por falsas interpretaciones y movidas generalmente por la psicosis, llegan a creer que al momento de orar, entran en una especie de éxtasis o transe que les hace pronunciar sonidos indescriptibles que inmediatamente relacionan con el don de lenguas, pero esto es totalmente falso. Sin embargo podríamos mencionar que en contadas ocasiones el Señor les ha dado esta habilidad a algunos santos como podría ser el caso del Padre Pio de Pietrelcina, a quien Dios le concedió este don para poder confesar en su propia lengua a las personas que pedían el sacramento. Así mismo podemos afirmar que tal distinción en la vida del santo de los estigmas jamás le provocó algún arrebato de euforia en el que se pusiera a gritar o a presumir que Dios le había concedido semejante don, más aún, él nunca lo manifestó, era la misma gente que después de haberse confesado, aseguraban sin titubeos que el padre Pio les había entendido y aconsejado muy bien en su propio idioma. Por eso, tomar esta indicación del evangelio al pie de la letra nos obligaría a decir que quien tiene la facilidad para hablar 15 idiomas posee este don en su máxima expresión. Lo cual resultaría también falso, porque ¿dónde quedarían todas las personas que lamentablemente no pueden hablar? Más bien, no olvidemos que para Jesús, el lenguaje más importante por el que nos podemos comunicar con todos, es el amor. Porque cuando éste falta, aunque hables con otro el mismo idioma, no se podrán entender. Resulta por tanto, que el amor tiene el mismo lenguaje en todos los idiomas y en todos los tiempos.

Las serpientes y el veneno de los que habla Jesús, nos pueden hacer pensar en todas las experiencias que han tenido los santos al momento de anunciar el evangelio. Se dice por ejemplo que cuando el santo mexicano Rafael Guízar y Valencia, supo que el gobernador del estado de donde era obispo había puesto precio a su vida para asesinarlo durante la persecución religiosa, él mismo se presentó ante éste para entregarse y cobrar la recompensa, argumentado que debía entregarle lo prometido, ya que con ese dinero que ofrecía por él, podía ayudar mucho a su seminario. Perplejo ante semejante valentía, el perseguidor abandonó su cometido. Y en cuanto a curar a los enfermos, ésta es una tarea que se empieza desde el momento en el que los comenzamos a cuidar.

Después de hablarles el Señor fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios

Comencemos diciendo que algo parecido al misterio de la ascensión, también se puede encontrar en el Antiguo Testamento y en la cultura grecorromana.

Respecto al Antiguo Testamento tenemos el ejemplo de Henoc y de Elías. Del primero en el libro del Génesis se dice lo siguiente: Henoc anduvo con Dios, y desapareció porque Dios se los llevó. (Gn 5,24) y en cuanto a Elías, en el segundo libro de los reyes se dice también: iban caminando mientras hablaban (Elías y Eliseo) cuando un carro de fuego con caballos de fuego se interpuso entre ellos; y Elías subió al cielo en el torbellino. (Cf. 2 Re 2, 11). Desde el punto de vista del biblista José Luis Sicre, podemos constatar que desde las primeras páginas de la Biblia encontramos la idea de que una persona de vida intachable no muere, sino que es arrebatada al cielo donde Dios habita. Es evidente que estos ejemplos no pueden ser interpretados en un sentido histórico, de hacerlo así, significaría que no hemos podido reconocer la capacidad simbólica con la que escribieron los antiguos. Todo esto nos marca la pauta para comprender que existe una diferencia radical entre estos relatos de Henoc y Elías y el de la Ascensión de Jesús. Los primeros no mueren, Jesús sí. Por eso no puede equiparse el pasaje de la ascensión con el rapto al cielo como se podrían entender los ya mencionados.

En cuanto a la literatura clásica grecorromana, encontraremos en ella personajes que son glorificados de forma parecida tras su muerte, tal serían los casos de Hércules, Augusto, Drusila, Claudio, Alejandro Magno y Apolonio de Tiana. Por el momento no es relevante mencionar la versión de cada uno, basta con citar el ejemplo del primero. Se dice que Hércules cuando fue al monte Eta, que pertenece a los tranquinios, en ese lugar hizo una pira, que ordenó que encendiesen, mientras ésta se consumía se cuenta que una nube se puso debajo, y tronando lo llevó al cielo. Desde entonces alcanzó la inmortalidad. (Biblioteca Mitológica II, 159-160).

Ante todo esto, ¿Qué podríamos decir de la Ascensión del Señor, para no reducirla a un mero simbolismo o equipararla a un relato mitológico? Lo primero que no hay que perder de vista, es el hecho de que la Sagrada Escritura debe de ser interpretada desde lo teológico, pues en ella se nos enseña teología, no historia, literatura, ficción, fabulas o mitología. Para no reducir a esto la vida de Cristo. Por eso es importante saber que para dar una explicación seria y verás sobre los relatos bíblicos, es necesario consultar a los expertos, ¿quiénes son ellos? Los biblistas y teólogos, mismos que se han especializado en este campo, para ofrecernos una buena interpretación sobre estos pasajes. Estas personas tienen autoridad, porque son conocedores del Hebreo, Arameo, Griego, Latín, Alemán, Español, Inglés, y Francés, sólo por citar algunos idiomas, en los que es necesario moverse para consultar las fuentes y comentarios que se hacen al respecto. A todo esto hay que sumarle que son hermeneutas, exégetas y que poseen un vasto conocimiento sobre literatura, historia, antropología y paleografía entre otras muchas cosas, y que además la mayoría ha tenido la oportunidad estar  físicamente en los lugares que menciona la Sagrada Escritura, sólo así podríamos tener una excelente interpretación de estos pasajes.

Entendamos por lo tanto que con la Ascensión al cielo, Jesús termina su misión en la tierra. San Ireneo de Lyon decía: “La ascensión confirma lo que las apariciones de Cristo resucitado demostraron: que Jesús es el único Señor y Creador resucitado de entre los muertos, y que asciende al cielo para recibir su reino”. (Cf. San Ireneo di Lione, Contro le eresie 3, 10).  Es cierto también que cuando se encarnó asumió nuestro cuerpo mortal, y con este mismo que porta las cicatrices de la pasión asciende al cielo para darle eternidad  a nuestra naturaleza en modo pleno y completo. El cuerpo tiene una relevancia fundamental. San Pablo dice: Glorifiquen a Dios con su cuerpo. (1 Co 6,20). Porque todo aquello que es propio de una persona: espíritu, alma y cuerpo, es asumido en el misterio de Jesús y desde ese momento nada de lo que constituye a esa persona se perderá. Con todo esto Cristo nos traza el camino que también nosotros debemos seguir. El ser humano está destinado para habitar el cielo y Jesús nos ha demostrado que nuestra naturaleza humana también puede alcanzar esa participación celeste. Entandamos por tanto la grandeza de la obra salvadora del Señor al darnos tan valioso regalo, pues cuerpo, alma y espíritu son del Señor. Y allí donde él está desea que también estemos nosotros. Por eso tengamos los pies fijos sobre la tierra sin desviar nuestra mirada del cielo, donde anhelamos habitar algún día con Cristo.

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