martes, abril 16, 2024
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Por: P. Rodolfo Orosco Gil

Roma, Italia.

Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?».

Respecto del personaje mencionado, a diferencia de Mateo, que lo presenta como joven y Lucas como un notable, Marcos no nos especifica la edad de la persona o alguna otra característica, simplemente dice que alguien se le acercó. Esta precisión es necesaria porque generalmente este pasaje es recordado como el del joven rico.

En cuanto a la expresión de ‘Maestro Bueno’ esta no debía de ser atribuida a cualquier hombre, por eso Jesús lo cuestionará, para que sea consciente de lo que está diciendo. En cuyo caso, se puede afirmar que esta persona ve con claridad las cualidades de Jesús, que sólo le pueden ser atribuidas a Dios, si Jesús es Bueno y sólo Dios es bueno, se deduce por tanto que Jesús es Dios.

San Hilario de Poitiers decía:

Este hombre, orgulloso por su observación de la ley, y no conociendo el fin de la ley que es Cristo y creyendo de ser justificado en sus acciones, interroga al Señor de la Ley y Dios unigénito como si él fuese un maestro de preceptos comunes y escritos sobre la Ley, por eso el Señor refutando esa percepción lo interroga diciendo: ¿Por qué me llamas bueno? Y para explicar en qué modo debía ser entendida la palabra bueno, agrega que sólo Dios es bueno, palabra que le puede ser atribuida a él, por ser Dios.[1]

San Efrén el Sirio también decía:

El hombre rico llama ‘Bueno’ a Nuestro Señor, pero el Señor, rechaza el título de bueno que le ha dado un hombre, para indicar que él ha adquirido esta bondad del Padre, por naturaleza y generación y que él no lo poseía simplemente en el nombre, así manifiesta que él es el Hijo del Padre, lleno de bondad porque es semejante a él[2]

Esta persona del evangelio, además está deseosa de poseer la vida eterna, y de cierta manera piensa que el método para conseguirla es el mismo que ha utilizado para acumular tantos bienes, no obstante su desencanto vendrá, cuando Jesús le dirá lo que debe hacer.

Jesús le contestó: « ¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre».

La respuesta de Jesús, lo remite a los mandamientos, a lo que inmediatamente responde que los ha observado. En este punto llama fuertemente la atención el hecho de ver cómo el Señor, sólo lo remite a la segunda tabla de la Ley, porque los primeros mandamientos, no son mencionados.

Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud». Jesús se quedó mirándolo, lo amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, y así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme».

San Agustín decía:

Aquel hombre se fue todo triste, porque había comprendido en qué modo había observado los mandamientos de la Ley. A mi parecer él en el modo en que responde se muestra más arrogante que sincero.[3]

En este pasaje aparece el verbo agapao que significa amar, pero no como el fileo o el éros, que significan lo mismo pero con distintas connotaciones. Este gesto de Jesús es el reflejo de su esencia como Dios, sólo Dios que es bueno, puede amar como Jesús lo está manifestando.

La respuesta de Cristo lo desconcierta por completo, porque según la mentalidad judía, la riqueza era símbolo del favor, de la benevolencia de Dios y aquí pareciera que es un obstáculo para ganarse la vida eterna. Jesús pues, podríamos decir, lo pone de frente a la verdadera riqueza para saber si de verdad sabe elegir de entre lo bueno, lo mejor. En el caso del mismo Señor, es bien sabido que no perteneció a una familia adinerada, sus padres fueron personas humildes, y muy trabajadoras, al grado que Jesús es reconocido como el hijo del carpintero, de cuyo oficio no se avergonzaba. Desde esta perspectiva podemos interpretar que esa visión de la riqueza que el pueblo posee, Jesús le dará un plus, es decir, si es necesario ser rico, pero no bastan los bienes del mundo, el hombre se debe de esforzar por lo que de verdad lo hace tener en abundancia y esa será la elección del Mesías, por eso, él renuncia al dinero, al poseer, al materialismo y enseña una nueva forma de entender la bendición de Dios.

Curiosamente al hombre rico, le faltaba una cosa… tal expresión de Jesús, hace que este personaje se cuestione en su interior, lo saca de esa idea que se ha hecho o que es común a todos, que una persona que posee bienes materiales, lo tiene todo, pero en la mentalidad del Señor, no es así, porque en medio de tantos bienes que solo sirven en la tierra, no ha conseguido los suficientes para ganarse el cielo.

En este domingo además, podemos ver el enlace que tiene este pasaje con el del domingo anterior, cuando Jesús pone de ejemplo a los niños, es decir a aquellos que no poseen nada, más aún podríamos decir que no se poseen ni ellos mismos, porque en todo, dependen de sus padres.

Ante estas palabras, el frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico. Jesús mirando alrededor, dijo a sus discípulos: « ¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!». Los discípulos quedaron sorprendidos de estas palabras. Pero Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios».

La tristeza o el enfado del hombre rico no es algo que nos pueda extrañar, pues al parecer no le ha gustado la fórmula de Jesús que consiste en dar, para tener más, el sólo sabía, recibir, ganar para tener más, por eso económicamente no lo convenció el mensaje del Señor. Esto nos enseña una cosa, que a veces un buen consejo o recomendación, no será bien recibida y quizás hasta despreciada, no porque esté mal, sino porque su contenido nos puede incomodar en el interior, y porque quizás, no era eso lo que queríamos escuchar.

En cuanto a la comparación que hace Jesús del camello, ésta ha sido interpretada por lo menos de dos formas posibles, hay quienes dicen que se hace referencia a la cerradura de una de las puertas principales de la entrada a Jerusalén y quienes afirman que se debe de tomar esta expresión en sentido literal, ya que tal forma de ejemplificar existía en la comunidad, había quienes en lugar de hablar de un camello decían un elefante.

Ellos se espantaron y comentaban: «entonces, ¿quién puede salvarse?». Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo».

Como ya había mencionado en párrafos anteriores, la riqueza, era símbolo de bendición o abundancia de parte de Dios, de allí la admiración de los discípulos, quienes se sorprenden que ante esta enseñanza de Jesús, la verdadera abundancia no es la que da el oro o las posesiones en la tierra, sino los buenos actos en favor del prójimo; por eso ellos se desconciertan, ya que por mucho tiempo han creído que los ricos son personas privilegiadas por Dios, y si estos no se salvan fácilmente, menos lo harán los pobres. Es evidente que para este momento aún no se han dado cuenta de los valores que Jesús comenzará a enseñar y que son los que de verdad te hacen rico ante los ojos de Dios.

Por su parte, si nos remitimos al dato histórico en el que fue redactado este texto, en el que la comunidad cristiana que lee a Marcos, está ansiosa de saber cuáles son las condiciones en la vida práctica que dan la salvación, es necesario saber, si basta cumplir la Ley. La respuesta es que en parte sí, porque Jesús no rechaza todo lo que el hombre rico le ha dicho, pero al mismo tiempo lo confronta con el hecho de que también debe ver la necesidad de los que están junto a él. Por eso en la Iglesia se afianzo desde los primeros siglos el sentido de pertenencia y comunidad.

Pedro se puso a decirle: « Ya vez que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».

Ante tales afirmaciones de Jesús, Pedro toma la palabra para manifestarle todo lo que ellos han dejado para seguirlo, de alguna manera se deja entre ver la duda que les nace, sobre si han hecho lo propio en su elección por el camino de Jesús.

Jesús dijo: «En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más –casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones- y en la edad futura, vida eterna».

Jesús manifiesta propiamente las exigencias de la predicación del reino de los cielos, y no porque se oponga a la familia o al deseo de poseer de manera honrada riquezas, sino que enseña que también puede haber personas que encuentran en la vida una mejor forma de realizarse, de enriquecerse, y que ese estilo de vida es lo que los hace ricos. No podemos dejar de pensar en este punto, en todos los consagrados y sacerdotes que a través de su renuncia voluntaria al matrimonio, a través de una vida célibe encarnan las palabras de Jesús, no para renunciar a la familia, sino para vivir una forma distinta esa familiaridad desde lo espiritual, por el Señor promete en recompensa a esa renuncia, una sublime forma de vivir con los demás, siempre desde la óptica de la familiaridad.

El énfasis que hace Jesús sobre las persecuciones a las que son expuestas los discípulos, por lo menos hasta el año 313 fueron el pan de cada día en el mundo cristiano, donde muchos de ellos fueron torturados de las peores formas posibles, pero no privados de la felicidad de ser testigos de Cristo, por eso, con mucha razón Tertuliano se atrevió a decir: Que la sangre de los mártires es semilla de cristianos”, debido a que las persecuciones, no menguaban el crecimiento de estos. Por eso los cristianos de hoy, somos herederos de la fe de aquellos que lo dejaron todo por el Señor, de quienes prefirieron los bienes del cielo, antes de los de la tierra. Por eso como el hombre del evangelio, convendría también preguntarnos, que es lo que deberíamos hacer para conseguir la vida eterna.

[1] Cf. Ilario di Poitiers, La Trinità 9, 16.

[2] Cf. Efrem el Sirio, Coemmento al Diatessaron di Taziano 15,2.

[3] Cf. Agostino, Lettera a Ilario 157, 4,25.

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