martes, mayo 21, 2024
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Pbro. Rodolfo Orosco Gil

Roma, Italia.

El evangelio de este día nos sigue presentando la actividad mesiánica del Salvador, perfectamente delineada por la fe del leproso, y la misericordia de Jesús. El Señor es la verdadera salud que el mundo necesita, en medio de una sociedad que se ha contagiado de la lepra del individualismo, el crimen, la persecución, la muerte de inocentes. A través del evangelio de este domingo, Jesús nos traza el sendero que el discípulo debe caminar, para anunciar la salvación. Con mucha sutileza nos enseña la caridad siempre y con todos, como lo decía San José María de Yermo y Parres.

En el pasaje que nos ofrece la liturgia para meditar hoy, es el del leproso. Dice san Marcos que se acercó el enfermo a Jesús y de rodillas le suplicaba diciendo: Si tú quieres puedes Curarme. Son palabras que con un poco de meditación, nos hacer vibrar en lo más profundo, en ellas se expresa la seguridad de alguien que está convencido de que Jesús lo puede curar, por eso sin dudar, se atreve a pedirle este milagro al que ha demostrado que tiene poder.

Para comprender al enfermo de hoy, es importante saber, que la lepra es una enfermedad muy antigua, descrita en el Antiguo Testamento y en la literatura de diferentes civilizaciones como en el hinduismo donde es mencionada en textos de fínales del II milenio a.C. En cuanto a lo que dice la Sagrada Escritura en el libro del Levítico se lee lo siguiente: Cuando uno tenga en la piel de su carne tumor, erupción o mancha blancuzca brillante, y se forme en la piel de su carne como una llaga de lepra, será llevado al sacerdote Aarón o a uno de sus hijos los sacerdotes. El sacerdote examinará la llaga en la piel de la carne; si el pelo en la llaga se ha vuelto blanco, y la llaga parece más hundida que la piel de su carne, es llaga de lepra; cuando el sacerdote lo haya comprobado, lo declarará impuro. El afectado por la lepra llevará los vestidos rasgados y desgreñada la cabeza, se cubrirá hasta el bigote e irá gritando: ¡Impuro, impuro!… habitará solo, fuera del campamento. (Cf Lv 13, 2-3. 45). El leproso del evangelio sabiendo y viviendo estas prescripciones, se arriesga y se acerca a Jesús. Podríamos decir que el rechazo de parte de él, según las leyes lo tenía asegurado, sin embargo quiso arriesgarse a conseguir la salud. Es un ejemplo contundente para un cristiano que esté dispuesto a alcanzar lo que necesita aunque los demás le hayan dicho que no se puede.  Seguramente más de una ocasión dejamos de vivir, de renovarnos, por miedo a  prejuicios, porque alguien nos dijo que no podemos, sin haberlo intentado. El ejemplo del leproso es excepcional, es la figura del hombre que pese a las normas sociales que a veces marginan, el rechazo de las personas y  las prohibiciones, se arriesga y se acerca a Jesús, porque de una cosa estaba seguro, que sólo Dios lo podía curar y Jesús ya mostraba todas las características que describen a Dios. Juan ya había dicho que es el cordero de Dios, en la sinagoga hablaba con autoridad, expulsaba a los demonios y estos le tenían miedo y decían que era el santo de Dios, anunciaba la salvación, curaba a los enfermos. De alguna manera algo le decía que con Jesús podría encontrar la salud.

¿Cuál es la respuesta de Jesús? y profundamente compadecido, extendiendo su mano le tocó… el evangelio utiliza en griego la palabra σπλαγχνισθείς que viene de σπλαγχνίζω, que significa: ser tocado en lo profundo, sentir mucha compasión; también podríamos ver la estrecha relación de este verbo con el sustantivo σπλάγχνον que quiere decir: entrañas, vísceras principales (Corazón, pulmón, hígado); alma, corazón como sede de los afectos, animo valor. Estas definiciones nos ofrecen mucha información sobre la actitud de Jesús con el leproso. Jesús no es alguien superficial, no ayuda al necesitado para hacerse famoso, no le interesa quedar bien con los demás, sino hacer el bien y lo justo, por eso el evangelio nos dice que se conmovió desde lo más profundo de su corazón, de sus entrañas, de sus pulmones, etc., etc. Estas palabras nos ayudan a entender mejor la actitud que Jesús tiene con cada uno de nosotros, porque Él nunca nos mira con lastima, sino con amor. El latín por su parte traduce estas palabras con el verbo  misereor, cuyo significado es el mismo que en griego, pero en este caso el latín nos ofrece una de las raíces de donde proviene la palabra misericordia. Por eso hay que entender, que cuando le pedimos misericordia a Dios, le estamos implorando que nos vea, que se acerque a nosotros desde lo más profundo de su interior, de su corazón, que nos mire con amor, no de manera superficial. A diferencia de nosotros que muchas veces lo hacemos por conveniencia, por miedo, por compromiso, por obligación, sin embargo, la actitud de Jesús siempre será misereor. Gran lección para nuestras relaciones humanas, que nos enseña a acercarnos a los nuestros desde esta perspectiva. Como podemos ver, lo maravilloso del griego y del latín, enriquecen nuestra compresión sobre los términos en los que se expresan las acciones de Jesús.

Continúa diciendo el evangelio: y le dice: Quiero, sé limpio. Por su puesto que lo iba a curar, ya el verbo anterior está describiendo el sentir del Señor. Esa es la fuerza de la predicación de Jesús, su voluntad para con nosotros. En griego le dice θέλω, primera persona singular del presente indicativo, voz activa, que significa querer, desear, estar dispuesto, estar de acuerdo, capacidad, poder, complacerse, amar. Es decir: yo quiero, en este momento, así que ya no necesitas buscar a nadie más. Indudablemente que esta es la actitud del único, verdadero y autentico Mesías que en verdad está interesado por ayudar.

Por su parte los estudiosos de la biblia dicen que es posible que estos versos adquieran un significado simbólico: el contacto con la humanidad  de Jesús unido con su palabra potente precede a los futuros sacramentos para la purificación de los pecados y para la efusión del Espíritu vivificante. Por eso cuando nos acercamos a los sacramentos, debemos tener presente, que son  acciones y palabras de Jesús como lo ha dicho el evangelio. No es extraño por tanto que los sacramentos además de dar la salud del alma, también den la del cuerpo. Orígenes, escritor eclesiástico cuando comentaba estas acciones de Jesús decía que el Señor tocó a este leproso para demostrar su humanidad, para enseñarnos a no despreciar a nadie, a no odiar a ninguno a no mostrar desprecio por ninguno. Cuando Jesús extendió la mano la lepra desapareció inmediatamente, y la mano del Señor no encontró la lepra, sino que toco un cuerpo ya sano. Continúa diciendo Orígenes: Por tanto pensemos también nosotros queridos hermanos, como ninguno en su alma esconda la lepra del pecado, como ninguno en su corazón, conserve la contaminación de la culpa… (Cf Origenes, Omilie sul vangelo di Matteo). Lo dicho por Orígenes manifiesta el poder y la eficacia de los sacramentos, especialmente el de la confesión, cuando Jesús nos cura de la lepra del pecado que nos ha hecho impuros. Retomando el evangelio nos dice que inmediatamente se le quitó la lepra; lo maravilloso de este verso nos hace ver que antes de que el leproso pudiera contagiar a Jesús, (motivo por el cual la gente no se podía acercar a ellos y también porque quien se acercaba a ellos quedaba impuro), Jesús fue el que le devolvió antes la salud.

Después de esto el Señor tomando un tono severo, lo despide y le dice que no diga nada. Este silencio que pide Jesús, por los estudiosos de la biblia, es llamado “Secreto mesiánico”, porque los milagros, las acciones y la predicación de Jesús, se comprenderán mejor a la luz de la resurrección, y de la venida del Espíritu Santo, Jesús no es un profeta como los anteriores, no es un taumaturgo, un iluminado, un hombre famoso, un simple personaje histórico, Jesús es Dios, y a la luz de su resurrección y de la venida del Espíritu Santo, los apóstoles, y las primeras comunidades cristianas comprenderán todo simbolismo y misticismo que tienen las acciones de Jesús.

Después de esta prohibición que Jesús hace, a la que evidentemente no obedeció el antes leproso, el Señor le dice que vaya a presentarse al sacerdote y que ofrezca por su purificación lo que enseñaba la ley de Moisés para que les sirva de testimonio, en ella se leía lo siguiente: Esta es la ley que ha de aplicarse al leproso en el día de su purificación. Se le conducirá al sacerdote, y el sacerdote saldrá fuera del campamento; si, tras de haberlo examinado, comprueba que el leproso está ya curado de la llaga de la lepra, el sacerdote mandará traer para el que ha de ser purificado dos pájaros vivos y puros, madera de cedro, púrpura escarlata e hisopo. (Cf Lv 14, 1-4) Al respecto Efrén el Siro dice que el Señor no se mostró contrario a la Ley. (Cf Efrem il Siro, Comento al Diatessaron di Taziano 12,24)

Jesús da esta orden para testimoniarles contra ellos. Alguno han interpretado esta encomienda como una forma de manifestar el carácter Mesiánico de Jesús, y que pone en evidencia la dureza y el rechazo del evangelio que tienen aquellos que deberían de ser los primeros en creer, porque conocen la ley y los profetas.

El evangelio termina diciendo que a causa de que el que estaba leproso no lo obedeció, esto provocó que Jesús no pudiese entrar públicamente en una ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares solitarios y venían a Él de todas partes.

No podemos negar que el evangelio nos hace voltear la mirada hacia aquellas personas que como el leproso siguen sufriendo la discriminación por su condición social, física o religiosa. Es evidente que cuando la sociedad vence estas barreras, se convierte de verdad en una Polis, Comunidad de ciudadanos. Y cuando los cristianos ponemos en práctica estos designios, donde no rechazamos a nadie y vivimos como buenos ciudadanos, transformamos nuestra realidad en la ciudad de Dios como lo decía san Agustín. Ya los textos antiguos, la famosa carta a Diogneto, dan testimonio de cómo puede ser posible que un cristiano se distinga en su entorno. Al respecto decía: Ni una nación ni una lengua ni un determinado vestido ni unas ciudades propias sirven para caracterizar lo cristiano pues “los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por la nación ni por la lengua ni por el vestido. Todos ellos viven en sus respectivas patrias pero como forasteros; participan en todo como ciudadanos pero lo soportan todo como extranjeros. Toda tierra extraña es su patria; y toda patria les resulta extraña. Pasan la vida en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, pero superan las leyes con su peculiar manera de vivir. Aman a todos pero son perseguidos por todos, les falta de todo pero son sobrados en todo. Son despreciados, pero en esos desprecios glorificados. Quienes los odian, no saben explicar el motivo de enemistad. (Cf. A Diogneto 5 1-4. 5. 9-10. 13-14. 17). Este maravilloso escrito descubierto en 1436 por un joven clérigo estudiante de griego, en una pescadería,  estaba apilado con el papel para envolver pescado. En él se describe el extraordinario testimonio que daban los cristianos de los primeros siglos. Quienes con mucha devoción llevaban a la práctica las enseñanzas del evangelio con un comportamiento ejemplar. No rechazaban a nadie, y vivían su fe de manera heroica. Tal y como el Señor nos está enseñando  al curar al leproso.

Sin lugar a dudas que el evangelio dominical nos debe cuestionar si de verdad hemos tomado la actitud de Jesús, de acercarse al que es despreciado y marginado y desde luego evitar toda actitud de rechazo.

Ninguno tiene el derecho de burlarse o tratar mal a cualquier persona. Este tiempo de coronavirus puede ser una buena ocasión para tender la mano al necesitado (desde luego que tomando las debidas precauciones), para ser solidarios y comprensivos en su sufrimiento, o cualquier otra enfermedad o situación especial que lastima la vida de nuestros hermanos. Por eso si cerca de ti hay alguna persona con capacidades diferentes, adulto mayor, enfermo y no puede valerse por sí mismo, no dudes en extender tu mano para curar esa  lepra que lo hace sufrir y sentirse rechazado por todos. No permitas que un niño, abuelo o cualquier persona vulnerable sufra violencia, maltrato psicológico en manos de cobardes. Defiende al necesitado y ayúdalo en lo que puedas. El mundo necesita más actitudes como las de Jesús y no el individualismo que algunos han enseñado. Recordemos que Dios siempre nos ilumina con formas creativas y seguras para ayudar al que está enfermo del cuerpo o del alma. Lo importante es no ser indiferentes. El cristiano de hoy como el de todos los tiempos tiene ese desafío de frente a una sociedad, que reniega de Dios y cada día busca expulsarlo de todas las realidades de la vida. Seamos como Jesús y digamos, ¡Quiero!

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