martes, mayo 21, 2024
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P. Rodolfo Orosco Gil

Roma, Italia.

En este domingo Jesús nos instruye a través de dos parábolas. Este recurso literario tiene la finalidad de atraer la atención de los oyentes o del público al que se dirige con un lenguaje que les resulte familiar y con un ejemplo que sea fácil de interpretar. Esta manera de comunicar, no es única en los evangelios, pues a menudo encontraremos que los oradores y escritores hacían uso de este género para transmitir sus enseñanzas. Hay que señalar que en la literatura, la parábola se encuentra a la par de la alegoría, metáfora, fabulas y de cierta manera de los mitos, desde luego tomando en cuenta que cada estilo tiene su propio matiz pero, de manera general, podríamos decir que tienen muchas cosas en común.

El pasaje del día de hoy nos hace comprender que Jesús, es conocedor de los recursos literarios que debe utilizar un predicador para transmitir su mensaje, de tal manera que se deje entre ver lo importante y relevante que es poner atención en la enseñanza que se quiere dar. Si volteamos la mirada un poco a literatura universal, necesariamente tenemos que remitirnos a las fábulas de Esopo, que se han posicionado en el interés de todos, a través de su peculiar estilo para narrar acontecimientos de la vida del hombre, utilizando a los animales como protagonistas de sus cuentos. Considerando todo esto, valdría mucho la pena que en alguna librería nos diéramos la tarea de buscar este tipo de literatura para enriquecernos con su contenido. Tomando en cuenta estas consideraciones, podemos ver con claridad los empujes literarios que el evangelio nos hace para crecer en la lectura y cultura.

En el evangelio de este día, Jesús nos cuenta dos parábolas que inmediatamente nos hacen pensar que al momento de ser contadas, la mayoría del público que estaba escuchando, eran campesinos, tal y como lo podemos constatar por la utilización de un lenguaje que tiene que ver con este tipo de trabajo y estilo de vida.

El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra

Este primer ejemplo evidencia el trabajo del hombre en el campo, porque que señala perfectamente sus acciones, no nos ofrece detalles, tampoco dice todo lo que tiene que hacer antes de la siembra para preparar la tierra, mucho menos nos menciona la hora o los días en los que se desarrolla su trabajo, sino que inmediatamente nos remite al momento de sembrar. Antes esto podríamos preguntarnos: ¿cómo podrían ser interpretadas todas estas acciones? San Gregorio Magno comenta al respecto:

Cuando concebimos buenos deseos, es cuando sembramos la semilla en la tierra, cuando comenzamos a trabajar rectamente, somos el tallo, cuando crecemos en las obras buenas es cuando llegamos a ser la espiga, cuando nos esforzamos en la perfección de nuestra conducta, es cuando producimos el grano en la espiga.[1]

Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo.

Después de que el agricultor hace su trabajo, ahora le corresponde a la naturaleza hacer el suyo. En esta frase, se nos puntualiza que mientras el sembrador duerme, la tierra es la que se encarga de hacer germinar la semilla. En otras palabras, podríamos entender que cuando el hombre trabaja con la naturaleza y éste se cansa, la naturaleza continua haciendo lo suyo hasta terminarlo. San Gregorio Magno nos vuelve a decir lo siguiente:

El hombre deja la semilla en la tierra, cuando siembra buenas intenciones en su corazón. Después de haber dejado la semilla duerme, porque descansa en la esperanza de sus buenas obras. Se levanta de día y de noche avanza en la prosperidad y en la adversidad. La semilla germina y crece, sin que él lo sepa. La tierra es la que fructifica por sí misma. [2]

La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano, cuando el grano está apunto se mete la hoz, porque ha llegado la siega.

Hasta este punto, lo que podemos ver, es que la naturaleza a diferencia del hombre labora sin descansar hasta completar su trabajo. Sin lugar a dudas, que esto significa que la tierra tiene su propio tiempo y momento para trabajar y que nosotros no podemos alterar; aunado a esto se enfatiza, para quienes se pudieran quejar de trabajar mucho, que la mayor parte de la tarea la hace ella. Al hombre por su parte, después de haber sembrado sólo le toca esperar, pues mientras éste trabaja de día y descansa en la noche o trabaja en la noche y descansa de día, la tierra es la que todo el tiempo está haciendo lo que le corresponde, razón por la cual, debemos ser sumamente respetuosos de nuestro medio ambiente. El hombre por su propia voluntad no puede germinar las semillas debe hacerlo en combinación con la tierra y el tiempo, de no hacerlo así, terminaría destruyéndolas.

En la parábola debemos comprender, que todo este lenguaje, está proyectando el actuar misterioso de Dios, pues una vez que el evangelizador anuncia-siembra el mensaje de Cristo, el reino, es el que empieza a germinar esa palabra-semilla que se ha sembrado. De igual forma, queda claro que el trabajo implica dos momentos, uno tiene que ver con la intervención del hombre y el segundo con el de la tierra. Por eso en la parábola se insiste en la paciencia, en el saber esperar a que el grano sembrado, germine y crezca cuando sea su momento.

Esta comparación, también ha sido interpretada como la respuesta inmediata y eficaz a todas aquellas personas que esperaban con ansias la manifestación del reino, quienes a su vez eran los que establecían las pautas y condiciones en que éste debía llegar. Se cree que esta mentalidad también prevaleció en los criterios de algunos discípulos cuando seguían a Jesús. Pensando de esta manera no dudaron en interpretar las acciones y palabras del Mesías como señales importantes que los hacían fuertes y los preparaban para poder revelarse en contra del imperio opresor.

Esta actitud se ve perfectamente delineada en un grupo revolucionario que había surgido en ese tiempo, los llamados Zelotas. Tal movimiento era considerado demasiado violento y nacionalista. Sus metas estaban fijadas en alcanzar  una Judea independiente del imperio romano mediante la lucha armada. Por eso es de entenderse que constantemente estarían buscando signos, personas o movimientos que fortalecieran sus ideales. Jesús compartirá con ellos el deseo de libertad, y más aún la predicará, con lo que no estará de acuerdo, será con sus métodos para alcanzarla. Por eso en el evangelio de san Juan nos dirá que la verdad es la que nos hace libres. Por lo tanto las enseñanzas de Jesús sobrepasarán los deseos de una libertad política. Esto marca perfectamente la diferencia entre el mensaje del evangelio y el hecho de señalar que Jesús fue un luchador social, como lo dijera cierto personaje en México, hace unos días. Jesús no peleaba contra los ricos, sino contra la injusticia que era practicada tanto por los ricos como por los pobres. A Jesús no le interesaba formar un movimiento sociopolítico que conservara sus ideales, de esos ya había, hay y siempre los habrá. De haber sido así fácilmente se habría adherido a las causas de los luchadores sociales de su tiempo y el evangelio habría perdido su valor como verdad revelada del cielo, y en lugar del anuncio del reino, lo único que tendríamos, serían los escritos de un manifiesto social, que impulsaría a luchar por los ideales de su fundador y principal dirigente, del que sólo se recordaría su muerte a manos del tirano opresor. De haber sido así, quizás nunca se habría extendido la Iglesia, y en medio de un mundo políticamente incorrecto, a estas alturas ya estaría desaparecida.  Definitivamente esa imagen de Cristo como luchador social clasista, no encaja con el anuncio del evangelio, ni manifiesta la esencia de las enseñanzas de Jesús que convergen en la unidad, totalmente opuesta a la división.

Esta parábola hará que la idea del reino que Jesús está predicando, rompa con todas las ambiciones personales que el discípulo de Cristo porte consigo a la hora de anunciar el evangelio. La historia nos enseñara con el tiempo, que ese reino anunciado por Jesús, terminará derrotando al imperio romano, pero no al estilo de las guerras, sino por la fuerza de la predicación y el testimonio de vida de los primeros cristianos. La conversión del emperador Constantino en el año 313 señalaría un antes y un después en la historia del cristianismo, quien a través del famoso edicto de Milán decreta la libertad de culto en todo el imperio, terminando con ello la terrible persecución contra los cristianos que había durado varios siglos. Pero no sería sino hasta el año 381 con el emperador Teodosio cuando  el cristianismo se convertiría en la religión oficial del imperio. Y así es como podríamos ver que la semilla que fue sembrada por los apóstoles y los primeros cristianos en Roma, germinó, comenzó a crecer y después empezó a producir frutos.

También hay que decir, que esta parábola, nos hace captar la respuesta inmediata que Jesús ofrece sobre el momento decisivo en el que establecerá el reino de los cielos, pues éste llegará  cuando Cristo-semilla, sea sepultado en la tierra y resucite.

En la vida cotidiana este ejemplo de Jesús nos hace pensar en lo importante  que es practicar la paciencia, pues a menudo en un mundo tan acelerado, tan tecnologizado, pragmático y egocéntrico, queremos que todo sea rápido, porque la práctica de la paciencia está dejando de ser vista como una virtud y poco a poco la sociedad la rechaza como sinónimo de dejadez. Por otra parte, si nos detenemos a pensar en el enfoque misionero o evangelizador que esta parábola tiene, nos ayudará a comprender que cuando se anuncia el mensaje de Cristo, debemos de aprender a esperar a que su palabra de fruto en cada uno de los oyentes en su propio momento. No obstante, esto no quiere decir que podemos dejar de trabajar. En el plano familiar, no podemos ignorar que cada consejo, o momento que los padres aprovechan para estar y educar a sus hijos, se convierte en la semilla que se siembra con la esperanza de que a su debido tiempo dé frutos.

Después de haber dado este primer ejemplo, Jesús utiliza una pregunta retórica para comenzar a decir otra parábola.

El grano de mostaza, que al sembrarlo es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra.

La segunda parábola toma como ejemplo la conocida semilla de mostaza, que a su vez es descrita como la más pequeña entre su especie, se dice además que cuando crece, puede alcanzar un tamaño que oscila entre los 2 y 3 metros de alto. Todo esto se vuelve en lo absoluto relevante, si consideramos que el tamaño de la semilla varía entre 1 o 2 milímetros de diámetro. Pero ¿cómo podría algo tan pequeñito ser un parangón en el mensaje Cristiano? San Atanasio decía al respecto:

La semilla de la Palabra ha crecido tanto que de ella se ha formado un árbol. La Iglesia de Cristo se ha establecido en cada rincón de la tierra para que pueda estar en todo lugar, de tal forma que en sus ramas anidan los pájaros del cielo, es decir los ángeles de Dios y las almas sublimes.[3]

Lo ya mencionado, hace que podamos ver, las semejanzas que tiene la semilla de mostaza con el cristianismo si los comparamos en su tiempo y espacio de frente a todas las culturas, religiones e imperios que ya existían en su momento. Porque es cierto que cuando el cristianismo, pequeña semilla se extendió por todo el mundo, se convirtió en un arbusto demasiado grande. Que no sólo se ha extendido en el espacio, sino también en el tiempo.

La parábola aplicada a Jesús como semilla de mostaza, no porque con ello quiera decir que el Señor es insignificante, sino porque esta comparación nos ayuda a entender, que al pertenecer él a un pequeño país que no figuraba ante los grandes imperios de su época, nos ayuda a interpretar, como aquel joven judío de 33 años,  se convirtió en un gigantesco árbol que extendió sus ramas por todas las regiones del planeta y que hasta nuestros días no ha dejado de crecer. Todas aquellas aves que volaban en su entorno, se sintieron a traídas por la seguridad que les ofrecían sus ramas y allí hicieron sus nidos y así podríamos entender como mucha gente del mundo pagano atraída por el mensaje cristiano, terminó adhiriéndose al evangelio.  San Pedro Crisólogo decía:

Sembremos este grano de mostaza en el pecho, de tal manera que se convierta para nosotros en un gran árbol de inteligencia y se eleve hacia el cielo con toda la grandeza del intelecto y se difunda completamente en las ramas del saber y a si nuestra boca tenga acceso al vigoroso sabor de su fruto. Que el gusto de este árbol, corte completamente las náuseas de la ignorancia.[4]

Entendamos por lo tanto, lo importante es que trabajar y esperar con paciencia el desarrollo de la semilla sembrada para cosechar sus frutos, y valoremos que aun lo que para nosotros pudiese ser demasiado poco e insignificante, con la ayuda del evangelio, se puede convertir en algo grande, y si Dios es capaz de hacer eso con una pequeña semilla, imaginemos lo que hará con aquellas que son más grandes. Por eso en este domingo, Jesús nos sigue invitando a trabajar, confiar y esperar para poder cosechar.

[1] Cf. Gregorio Magno. Omelie su Ezechiele 2,3,5.

[2] Cf. Ibid.

[3] Cf. Atanasio, Frammenti 7, 2.

[4] Cf. Pietro Crisologo, Sermoni 98, 3.5.

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