martes, mayo 21, 2024
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Por P. Rodolfo Orosco Gil.

Roma, Italia.

Hacia el Espíritu Santo dirigen su mirada todos los que tienen necesidad de santificación, hacía Él tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa, y su soplo es para ellos a manera de riego que les ayuda…, Él es fuente de santidad, luz para la inteligencia, Él da a todo ser racional como una luz para entender la verdad. Aunque es inaccesible por naturaleza, se deja comprender por su bondad… simple en su esencia y variado en sus dones, está íntegro en cada uno e íntegro en todas partes. Se reparte sin sufrir división, deja que participen en él, pero él permanece íntegro…[1]

Estas palabras de san Basilio Magno para todo cristiano católico, resultan ser una verdadera joya que nos permite profundizar y conocer un poco más la grandeza de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Si bien es cierto que profesamos una fe trinitaria, también lo es el hecho de que necesitamos un mayor conocimiento sobre cada una de las divinas personas, y de manera especial sobre el Espíritu Santo. Para ello sólo se necesita recurrir a la Sagrada Escritura y Tradición de la Iglesia. Lo importante de esto será que a medida que profundicemos nuestra fe, iremos descubriendo la acción salvadora del Espíritu Santo en la Iglesia y en nuestra propia vida.

Las palabras citas del insigne Padre y doctor de la Iglesia, son una extraordinaria propuesta que nos permitiría meditar largo tiempo sobre el actuar del Espíritu Santo, pues sólo quien busca a Dios, necesariamente tiene la experiencia que en ellas se nos describe.  Prescindir de la gracia del Paráclito como también es llamado, reduciría nuestra fe a una simple práctica religiosa, y en el peor de los casos, en un penoso fanatismo. Por tanto, es importante saber, que sin la ayuda del Espíritu Santo, que debe ser invocado en igual dignidad que el Padre y el Hijo, el cristiano no puede poseer la vida en su plenitud y que cualquier obra que se haga sin él, simplemente será estéril.

El título de la fiesta de este domingo, recibe el nombre de Pentecostés. Pero ¿Qué significa esta palabra? Pentecostés proviene del griego πεντηκοστός que significa cincuenta, y propiamente dicho de  Πεντηκοστή que quiere decir el ‘quincuagésimo día después de la Pascua’. Ahora bien, es importante distinguir muy bien los dos momentos que comprenden esta celebración a lo largo de la historia. El primero nos remite necesariamente al pentecostés judío y el segundo al cristiano. Comencemos por el primero.

En el pueblo Judío, junto con la Pascua y la fiesta de los Tabernáculos, Pentecostés era una de las tres fiestas más importantes, en la cual el pueblo de Israel debía de presentarse delante de Yahvéh en el lugar elegido por él (Cf. Dt 16,6). Según la tradición religiosa de Israel, esta celebración comenzó siendo la fiesta de la siega. En ella, el pueblo ofrecía las primicias de su trabajo; es decir, de lo que había sembrado en el campo (Ex 23, 16). También solía ser llamada la fiesta de las semanas, por el hecho de que caía siete semanas después de la fiesta de la Pascua. En cuanto a la Ley, era sumamente importante, porque en Pentecostés se recordaba el aniversario de la Alianza en el Sinaí, donde Dios le había entregado a Moisés los mandamientos (Ex 19, 1-6), pues según las tradiciones rabínicas, la teofanía del Sinaí tuvo lugar cincuenta días después de la Pascua del éxodo.

Con este preámbulo, podemos notar lo importante que fue el hecho de que el Espíritu Santo haya venido en esta fiesta.  De acuerdo al relato de los Hechos de los Apóstoles, en él leemos lo siguiente: Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar… (Cf. Hch 2,1). Aquellos que en el capítulo anterior había dicho que perseveraban en la oración en compañía de algunas mujeres, como María la madre de Jesús. (Cf. Hch 1,14). A partir de ahora, la fiesta de la siega se convertiría en la fiesta de la nueva mies, que es obra del Espíritu Santo. Tal cosecha es fruto de la siembra de Cristo. Jesús una vez dió a entender que tras su muerte, los apóstoles recogerían la mies de esa siembra (Jn 4, 35-38). Desde ese momento, los discípulos,  por obra del Espíritu Santo se transformarán en segadores de lo cultivado por el Mesías.

La venida del Espíritu Santo se da en el apogeo de esta fiesta, y a través de la ráfaga de viento y las lenguas de fuego, se manifiesta el momento exacto de su llegada. Si tomamos en cuenta que también recordaba el día de la Alianza, las condiciones en las que se desarrolla son muy semejantes a lo sucedido en el Sinaí. De aquel entonces se decía lo siguiente: Todo el monte Sinaí humeaba, porque Yahveh había descendido sobre él en el fuego. Subía el humo como el de un horno, y todo el monte retemblaba con violencia (Cf. Ex 19, 18). No hay mejores palabras para describir lo semejantes que son ambos acontecimientos. Se entiende por tanto que con la venida del Paráclito, la Teofanía del Sinaí, es llevada a su plenitud. Esta última palabra es la que describe con mayor precisión, lo sucedido con los apóstoles, cuando dice que una ráfaga de viento llenó toda la casa en la que se encontraban. Este suceso se encuentra muy bien explicado en el número 21 de la  Encíclica Dominun et vivificantem del papa Juan Pablo II de 1986. Que de manera personal valdría la pena hacer el propósito de leerla.

Por su parte, el evangelio de hoy, nos muestra la acción generosa de Jesús, la de dar el Espíritu Santo, con la cual, garantiza a sus discípulos que no los deja solos para realizar su misión. En este relato, llama sumamente la atención el modo en como el Señor les tramite este Don, pues a diferencia de los Hechos, donde Jesús ya no se encuentra con ellos físicamente, en el evangelio de Juan, es él quien inmediatamente a la resurrección y antes de la ascensión, los llena de su presencia soplando sobre ellos; cabe destacar que el verbo griego que se usa para designar esta acción, es el mismo que utiliza el relato del Génesis para indicar la animación del hombre, al infundirle el aliento de vida, con el cual comenzó a ser un ser viviente. En este pasaje, Jesús está haciendo exactamente lo mismo. San Cirilo de Alejandría decía el respecto:

Al ser el Hijo partícipe sustancialmente de los bienes naturales del Dios Padre, posee el Espíritu Santo de la misma manera que uno cree que lo tiene el Padre, no como algo añadido y extrínseco, sino como cada uno de nosotros tiene en sí mismo la respiración, que sale de sus propias entrañas. Esta es la razón por la que Cristo sopló materialmente; para demostrar que, lo mismo que la respiración sale fuera de la boca del hombre, así también la divina sustancia, de manera conveniente a la divinidad, sale el Espíritu que proviene de ella[2].

Indudablemente que el comentario citado, describe de manera extraordinaria la acción de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo manifestado el día de Pentecostés. Este pasaje sobre el Espíritu Santo, nos hace comprender además, que la calidad de vida que Dios concede recae en este don que supera la muerte física; es decir, que a diferencia del relato del Génesis, donde el hombre comenzaba a vivir, pero que al final moriría, en este caso, la acción de Jesús, comienza a destinar la vida del hombre a la eternidad, donde la muerte y el diablo, no tienen dominio. Por eso entendemos que con Jesús este don se da en su plenitud. San Atanasio decía:

Mostrando a sus discípulos su divinidad y majestad, y sin darles ya a entender que él era inferior a su propio Espíritu, sino semejante a él, les daba el Espíritu y les decía: «Yo los envío», «Él me glorificará» … ¿Y por medio de quién y por quién era necesario que el Espíritu fuera concedido sino por medio del Hijo, a quien pertenece el Espíritu? ¿Cuánto habríamos sido capaces de recibirlo, sino cuando Jesús  ha llegado a ser hombre?[3]

El Espíritu de Jesús, una vez comunicado a los apóstoles, creó una nueva condición humana, la de ser a partir de ahora espíritu, por eso se entiende que con esta acción culmina la obra de la creación; esto es lo que significaría nacer de Dios (Cf. Jn 1,13) o también como otros dirán: Con el don del espíritu Santo que proviene de Cristo resucitado ha iniciado un mundo nuevo.[4] De esta manera la condición humana es elevada, la carne que podría ser reducida a un simple elemento material, a veces débil, y fácil de destruir, con el don del Espíritu Santo, queda asumida y transformada. Juan el Bautista ya había anunciado al Paráclito cuando dijo: ése es el que va a bautizar con el Espíritu Santo (1,33). Por eso el Espíritu que comunica Jesús infunde una vida nueva en los apóstoles.

La experiencia de vida que da el Espíritu es la verdad que hace libre al hombre (8, 31) sacándolo de la esclavitud. Con el Paráclito, los discípulos dejan de pertenecer al mundo, rompen con el sistema de injusticia entrando en el espacio de Jesús. La nueva comunidad que está comenzando a vivir en torno a Él, es la nueva tierra prometida, situada en medio del Egipto opresor. Misma que no vive de manera estática, sino que comienza su camino hacia el Padre. San Gregorio Nacianceno decía:

Los discípulos recibieron el Espíritu en tres ocasiones: antes de que Cristo fuera glorificado en la pasión, después de haber sido glorificado por la resurrección y después de la ascensión al cielo… Esto lo prueba: aquella primera curación de las enfermedades y expulsión de los espíritus malignos (Cf. Mt, 10,1) no efectuada evidentemente sino en el Espíritu; después de la resurrección, aquel soplo sobre ellos que es claramente una inspiración divina, y en tercer lugar la de ahora, la venida del Espíritu en forma de lenguas de fuego, que es lo que celebramos. La primera manifestación era difícilmente reconocible; la segunda era más expresiva, la de hoy es más perfecta, pues el Espíritu no está ya presente sólo por su acción, como estaba en los casos anteriores, sino que está sustancialmente… haciéndose presente y habitando entre nosotros[5].

El Espíritu Santo es el que consagra (14, 25) y al ser la misión de Jesús los discípulos necesitan del Consolador para ser verdaderos testigos.

Después de haber partido de lo que la Sagrada Escritura nos ofrece sobre la venida del Espíritu Santo, ahora valdría la pena detenernos un poco sobre lo que Tradición de la Iglesia nos dice, y como el magisterio lo ha enseñado. Para este propósito es necesario remontarnos al siglo IV donde se desarrollaron las primeras grandes controversias cristológicas y pneumatológicas al interno de la Iglesia; pero por el momento sólo podemos detener en las segundas.

Vayámonos hasta Constantinopla donde alrededor del año 360 aparecen los llamados pneumatómacos, pertenecientes al llamado arrianismo moderado denominado también macedonianos por el nombre de Macedonio, obispo de Constantinopla. Quienes formaron este grupo, comenzaron a difundir la enseñanza de que el Espíritu Santo no era Dios, también negaban que fuera creador y sólo llegaban a afirmar que las cosas eran creadas en él, de lo que deducían que su naturaleza era inferior a la Padre y del Hijo. Paralelo a esta doctrina un obispo de nombre Eunomio unos años antes, en el 357 ya había dicho que él Espíritu Santo era el tercero en dignidad, orden y naturaleza.

Tales afirmaciones no hicieron esperar la reacción inmediata por parte de los obispos que defendían la ortodoxia de la Iglesia; y es así como entran en escena los llamados padres capadocios, denominados así por pertenecer a la región de Capadocia, en la actual Turquía. Basilio de Cesarea, Gregorio de Niza y Gregorio Nacianceno, fueron quienes defendieron con fuerza y valor la divinidad del Espíritu Santo en contra de Eunomio y los pneumatómacos.

San Basilio contra Eunomio decía que al Espíritu Santo se le llama Espíritu de Cristo porque está íntimamente unido a él por naturaleza, de tal forma que si alguno no tiene el espíritu de Cristo, no es de Cristo, admitiendo claramente su divinidad y su condición de santificador. Para San Gregorio de Niza, la unión es el Padre del que proceden las otras dos personas que no se confunden con la primera, sino que se unen a ella. Dicho de otra forma afirmaba, que el Espíritu procede del Padre y del Hijo. Y así se llegan a consagrar los dos términos que señalan las propiedades del Hijo (generación) y del Espíritu (procesión)[6]. Para Gregorio de Niza el obrar de Dios se explica de la siguiente manera: la iniciativa de la acción corresponde al Padre, la operación al Hijo y la perfección al Espíritu Santo.

De esta manera llegamos al concilio de Constantinopla en el año 381, con el cual se señala el término de la discusión en torno a la divinidad del Espíritu Santo. En el concilio se redacta el nuevo símbolo o credo que decía así: Y Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria y que habló por los profetas. La divinidad del Espíritu quedó claramente profesada por el adjetivo de Santo y dador de vida y por el título de Señor, al tiempo que se precisa que ha de ser adorado como el Padre y el Hijo.

No obstante, aunque el dogma quedó definido, la tarea no terminó allí, debido a que se requirió de más tiempo para que las afirmaciones del concilio se difundieran con claridad en toda la Iglesia. Por eso en años posteriores al concilio, san Ambrosio de Milán y san Agustín de Hipona serán también dos grandes defensores de la divinidad del Espíritu Santo. El Obispo de Milán demostraba con sapiencia que el Espíritu Santo no es una creatura, pues al momento de recibir el bautismo, la Tercera Persona se menciona unida al Padre y al Hijo. Decía además que el Espíritu Santo es inmutable y fuente de bondad, es quien santifica a las creaturas, y que en la creación fue colaborador del Padre y del Hijo, sin olvidar al mismo tiempo su valiosa participación en la encarnación de Jesús. En cuanto a San Agustín, él afirma que Dios es la Trinidad, y la Trinidad es el único Dios verdadero, por lo que domina en él la idea de la unidad absoluta de Dios.

Es imposible abarcar toda la enseñanza que la iglesia nos ofrece sobre el Espíritu Santo, harían falta años para escribir sobre él. Lo importante de todo es no olvidar, que el Paráclito siempre está presente en la vida de la Iglesia. Desde el día de nuestra confirmación, hemos sido marcados con su sello, pues él nos ha vuelto soldados de Cristo y es quién hace posible cualquier acción de la Iglesia. Nadie que tenga una fe verdadera puede prescindir de él, si lo hace, lo más seguro es que aquello que llama fe, no lo es. Desde nuestros años de catecismo aprendimos que el Espíritu Santo nos regala sus 7 dones: sabiduría, entendimiento, consejo, ciencia, piedad, fortaleza y temor de Dios; y que son 12 los frutos que produce en nosotros: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, benignidad, bondad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia y castidad. Valdría la pena preguntarnos cuan conscientes somos de estos regalos que nos concede, y de qué manera vivimos sus dones para poder constatar sus frutos en nuestra vida. Quizás este domingo sea un buen motivo para tomarlos en cuenta y comenzarlos a vivir en nuestro hogar, y así disfrutar de la presencia del  Espíritu Santo. No olvidemos que no estamos solos, el Paráclito siempre nos acompaña y como dice la secuencia que hoy nos ofrece la liturgia, él es el dulce huésped del alma y quien da paz en las horas de duelo.

[1] Cf. San Basilio Magno, Comentario sobre el Espíritu Santo. 9, 22-23.

[2] Cf. Cirilo de Alejandría, Comentario al Ev. de Juan, 9,1.

[3] Cf. Atanasio, Discurso contra los arrianos, 1, 12, 50.

[4] Cf. Zevini. G. Vangelo secondo Giovanni, Comenti spirituali del Nuovo Testamento. Città Nueova. Roma 1998. P. 295.

[5] Cf. Gregorio Nacianceno, Discurso sobre Pentecostés, 41, 11.

[6] Cf. Sayés. J.A. La trinidad, misterio de salvación. Pelicano. Madrid 2000. P. 162-163.

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