miércoles, mayo 22, 2024
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Por Rodolfo Orosco Gil

Roma, Italia.

En el pasaje de hoy san Juan nos sitúa en el tiempo y el espacio, pues comienza señalando que Jesús se aparece a los discípulos en la tarde-noche que equivaldría al tiempo, mientras que el espacio sería la casa en la que se encuentran encerrados. San Pedro Crisólogo decía: “Era de noche más por el dolor que por la hora. Era de noche para las mentes oscurecidas por la sombría nube de la tristeza y la pesadumbre”. (Cf. Pedro Crisólogo, Sermones, 84, 2). Y San Juan Crisóstomo comentaba: “¿Por qué se les apareció cuando ya había atardecido? Porque era natural que entonces tuvieran más miedo”. (Cf. Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Ev., de Juan, 86, 2). Este episodio a su vez, está ubicado en el mismo día en el que se aparece el Señor a María Magdalena muy de mañana. Dicen los expertos en la Biblia que ambas apariciones están representando el encuentro entre Cristo y su Iglesia.

San Juan añade además que el miedo a los judíos es la causa del encierro, por eso estaban cerradas las puertas. Cesáreo de Arlés comenta al respecto: “Me preguntas y dices: Si entró estando las puertas cerradas, ¿dónde está la forma del cuerpo? Y yo te respondo: Si anduvo sobre las aguas ¿dónde está el peso del cuerpo? Ahora bien el Señor hizo eso como Señor que era. ¿Acaso porque resucitó dejó de ser Señor? y entonces, ¿qué hizo para que Pedro caminara sobre las aguas? Lo que hizo la divinidad por una parte, lo perfeccionó la fe por la otra: Cristo lo hizo porque pudo, y Pedro lo hizo porque Cristo quiso. Así pues, si comienzas con razonamientos humanos a poner en discusión los milagros, ten cuidado porque puedes perder la fe. Por tanto, quien te diga que, si entró estando las puertas cerradas, no tenía cuerpo, respóndele en sentido contrario: si le tocaron, tenía cuerpo, si comió, tenía cuerpo. Una cosa la hizo mediante un milagro y la otra por naturaleza”. (Cf. Cesáreo de Arlés, Sermones 175, 2). El terror podría estar indicando la ausencia de fe que no quiere hacer brillar la luz en el mundo. Este dato del evangelio ubicado en su contexto, también nos podría estar remitiendo al conflicto que en ese tiempo existía entre judíos y cristianos. Lo cierto es que el miedo muchas veces nos paraliza, tal y como lo podemos constatar en los acontecimientos de la vida, o nos impide expresar nuestras más firmes convicciones, como sucedió con José de Arimatea, quién por miedo a los judíos no se declaró abiertamente discípulo de Cristo.

En el mundo actual este obstáculo sigue predominando, sobre todo cuando el cristiano no tiene el coraje suficiente para defender la verdad, o siente vergüenza de declararse abiertamente cristiano católico,  y por eso a veces resulta más cómodo decir que sólo es creyente, en parte porque no quiere que lo señalen como un fanático y porque no está interesado en practicar su fe. En este ambiente que aterrorizaba a los apóstoles el Señor  aparece en medio de ellos, y los exhorta a abandonar el miedo. En boca de Jesús la fórmula que derriba este obstáculo es la Paz, por eso cuando se presenta les da este saludo. No es un saludo común, sino la expresión de un gran don que les otorga la salvación y que vence el miedo a la oscuridad. Éste también representa la victoria de Cristo sobre el mundo y sobre el mal.

Es verdaderamente interesante que después de esto el Jesús resucitado se identifica perfectamente con el crucificado, porque les muestra los signos de las manos, los pies y el costado. Llama la atención la referencia que hace de las manos, quizás porque no debemos olvidar que el Padre había puesto todo en ellas. Éstas son las que dan seguridad a los discípulos, representan además la potencia de Jesús que los defiende y son signo de su victoria. De esta manera les confirma su resurrección, no es un fantasma, una alucinación, leyenda o fantasía, verdaderamente es  Jesús el que murió en la cruz, el que se está presentando.

San Juan insiste en reafirmar nuestra fe en las dos naturalezas de Cristo, la humana y la divina, porque existe el peligro de no entender bien este misterio, que podría dar origen a equivocadas interpretaciones sobre la persona del Señor. No obstante, hablar del Jesús humano y divino se convirtió en los grandes debates de los primeros siglos del cristianismo. Ya que a medida que se propagaba el evangelio y se adherían personas provenientes de ambientes paganos y filosóficos, al aplicar a Cristo todas las categorías interpretativas que portaban de su propia cultura, para muchos era difícil de asimilar que Dios se pudiese encarnar o que el Jesús humano del que todos hablaban tuviera su origen divino. Es así que algunos de ellos cayeron en el llamado docetismo. Dicha doctrina enseñaba que el cuerpo de Jesús sólo era aparente y que por tanto su humanidad no era verdadera, negando con esto la encarnación. En el otro extremo se encontraban los que decían todo lo contrario como Teodoto de Bizancio  quien afirmaba que Jesús era solamente un hombre, sobre el que había descendido Cristo el día de su bautismo, probablemente influenciado por el gnosticismo, otra herejía de ese tiempo, que entre otras cosas creía que Jesús y el Espíritu Santo eran la misma persona; por eso Teodoto afirmaba que Jesús por el poder de Cristo podía hacer milagros, pero que eso no lo transformaba en Dios. Estas herejías, es decir afirmaciones separadas de la fe revelada en la Sagrada Escritura y la Tradición tuvieron que ser debatidas a través de Sínodos y Concilios, por los llamados Padres de la Iglesia de cuyo fruto tenemos ahora el Credo que decimos cada ocho días en misa.

Seria falso afirmar que estos modos de ver a Jesús han desaparecido por completo, pues a menudo que avanza una sociedad tan secularizada como la de hoy, donde Dios no es necesario y a veces estorba,  uno de los grandes propósitos de esta tendencia ha sido el alejarse de todo lo que suene a divino, para reducir al hombre a una realidad meramente material. De tal suerte que para quienes piensan así, sólo es válido hablar del Jesús humano, el gran maestro de la antigüedad que puede ser equiparado a otros personajes que han existido.

Continuando con el relato, nos encontramos que Jesús vuelve a insistir en la paz, porque se entiende que este don acompañara a los apóstoles en la misión, por eso inmediatamente los envía tal y como el Padre lo ha enviado a él. Con esta encomienda la iglesia naciente contrae el fuerte compromiso de imitar a Cristo. Unido a esto aparece el don del Espíritu Santo, así como un día Dios sopló en el hombre de barro para que tuviera vida, ahora Jesús sopla sobre la nueva creación insistiéndonos que ha comenzado un mundo nuevo. La misión de los discípulos tendrá como tarea el perdón de los pecados, para rechazar el mal que se opone a la luz, y al mismo tiempo deberán ser misericordiosos con el pecador arrepentido que se fía en el mensaje de Jesús. Dicho de otra forma, los apóstoles adquieren la tarea de mostrar al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

A continuación el evangelio pone en escena a Tomás, quien no se encontraba cuando se apareció Jesús. Este dato sobre el apóstol es interesante, porque nos ayuda a entender que quien se separa de la comunidad corre el riesgo de perderse. Tomás se muestra renuente y no cree en la victoria de la vida, por eso él mismo pone las condiciones para tener fe: ver y tocar. A los ocho días que se encuentra con sus hermanos, cuando acepta humildemente estar con ellos, Jesús vuelve a presentarse. Y siempre que lo hace lleva consigo el recuerdo de su muerte por sus amigos. Esto quiere decir que la resurrección no lo despoja de su condición humana anterior, ni pasa a una condición de ser superior a la humana, sino que es precisamente ésta naturaleza humana, la que es llevada a su cumbre, porque asume toda su historia precedente.

El saludo del Señor es el mismo, “La paz sea con ustedes” e inmediatamente invita a Tomas a palpar los signos de su pasión tal y como lo había solicitado. Lo que se convierte en una clara invitación a tener fe, superando todas las categorías mentales de lo sensible para adentrarse en lo sobrenatural. También parece interesante la interpretación de este suceso que hace Orígenes: “Tomás parece cuidadoso y reflexivo y a mí me parece que lo que dijo, no es porque no tuviese confianza en lo que decían los que habían visto al Señor, sino que por miedo a que se tratase de una visión y también porque se acordaba de aquellas palabras: Porque vendrán en mi nombre muchos diciendo: Yo soy el Cristo él expresaba sus dudas”. (Cf. Orígenes, Fragmentos sobre el Ev., de Juan).

Hoy la experiencia del hombre nos ha enseñado que no todo lo que brilla es oro, en otras palabras, que los sentidos nos pueden engañar. Por eso es importante tener claro que no todo lo que existe necesariamente tiene que verse, ya que la misma naturaleza de lo que queremos conocer a veces no tiene corporeidad. Para entender mejor lo que estoy diciendo, recordemos un poco el encuentro del papa Benedicto XVI con algunos niños del catecismo en la plaza de san Pedro. En aquella ocasión un niño le preguntaba: “Santo Padre, mi catequista me ha dicho que Jesús está presente en la eucaristía, pero ¿cómo es posible?, yo no lo veo. El Papa le respondió: “Hay muchas cosas que no vemos, pero que existe y son esenciales, por ejemplo, no vemos nuestra inteligencia y la tenemos, tampoco vemos la corriente eléctrica y sin embargo vemos sus efectos. Las cosas más profundas que sostienen la vida y el mundo no las vemos, pero podemos ver y sentir sus efectos. El Papa emérito enseñaba como lo hizo Jesús con Tomás, que no sólo debemos de creer en lo que vemos, pues en la dinámica cristiana, los que se vuelven verdaderamente felices, son los que creen sin haber visto.

La experiencia de Tomás será muy importante, porque los apóstoles después de la ascensión dejaran de ver a Jesús. Y a medida que avance el tiempo, se incrementará el número de los que no conocieron en persona al Señor. Y la única manera de adherirse a la fe, será a través de la predicación del evangelio. Lo dicho por Jesús a Tomás tiene tanta importancia, que después de dos mil años, la fe en Jesús resucitado se sigue difundiendo entre nosotros.

Reflexionando un poco la insistencia del primer día que hoy señala el evangelio, debemos considerar lo siguiente: Partiendo de que el domingo es el primer día de la semana desde que Cristo lo consagró con su resurrección, la Iglesia como fiel esposa, comenzará a celebrarlo como el más importante. Esta celebración se hizo tan fuerte con el paso del tiempo que terminó por suprimir el nombre del “Dies solis” día del sol en latín en el imperio romano, para comenzar a ser denominado en el cristianismo como el “Dies Domini” día del Señor de donde procede la palabra domingo. Este nombre prevalece hasta nuestros días, mientras que los demás siguen conservando el nombre de los dioses romanos y así el lunes está dedicado a la Luna, martes al dios Marte, miércoles al dios Mercurio, jueves al dios Júpiter, viernes a la diosa Venus y sábado a Saturno. Así mismo con estos nombres denominaron a los astros y a los planetas descubiertos en aquel entonces que podían observar en la noche. Partiendo de este principio comprenderemos mejor porque están ordenados así los nombres de los días, pues es evidente que mientras la luna es el cuerpo celeste más cercano a la tierra, en cambio Saturno en aquel entonces era el más lejano. En la actualidad muchos piensan que el domingo es el último día de la semana, probablemente debido a que se desconocen estos datos, y porque al ser el lunes el primer día de clases o del trabajo, nos hemos hecho la falsa idea de que la semana comienza con él. Sin embargo los cristianos no debemos de perder de vista que el domingo siempre será el primer día de la semana. Por otra parte no debemos ignorar que entre otras cosas, esta denominación y orden de los días marcó la diferencia con la tradición judía, ya que mientras que el pueblo de la Antigua Alianza tenía que observar el día séptimo, el de la Nueva Alianza le dio más importancia al primero, por ser el día de la resurrección de Cristo. Por eso el domingo ha prevalecido hasta nuestros días.

Finalmente, citando a los expertos, ellos nos dicen, que éste relato de Jesús resucitado que se aparece a los discípulos tiene muchas similitudes con la eucaristía. Lo primero que se puede notar es que se aparece a la comunidad reunida como algo distinto del mundo y Jesús está al centro. Él se muestra como un Dios vivo, que al mismo tiempo lleva consigo el recuerdo de su muerte y su costado abierto en la cruz, es la expresión permanente de su amor por la iglesia. La hora en la que se sitúa la aparición, es decir cuando ya ha anochecido, y el hecho de que sea el primer día de la semana, fueron la pauta que indicó a las primeras comunidades cristianas la hora en la que debían de celebrar la fracción del pan. Que la Paz de Cristo resucitado nos ayude a disfrutar de la Divina Misericordia que el día de hoy también estamos celebrando, pues así como un día el Señor exhortaba a Tomás a tener fe, a santa Faustina en Polonia le pedía que difundiera su mensaje de confianza en él. Lo que nos hace comprender que el Señor siempre nos ofrecerá todas las formas posibles para encontrarnos con él.

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