domingo, febrero 18, 2024
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Por: Pbro. Rodolfo Orosco Gil

Calafell, España.

Los judíos murmuraban de Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo».

Es necesario tomar en cuenta que san Juan cuando utiliza la palabra judíos, hace referencia a las autoridades religiosas, no al pueblo, para entender que la discusión del día de hoy, no es con la comunidad que sigue a Jesús, sino con los poderosos que se sienten intrigados por lo que el Señor está predicando.

Es claro que para aquellos que presumían de conocer perfectamente los acontecimientos del pasado, como el maná en el desierto, el hecho de que Jesús ahora afirme que él es el verdadero Pan, para ellos resulta ser ofensivo, ya que atenta contra la tradición milenaria que los judíos guardaban en su memoria de aquel momento en el que Dios se mostró benigno con el pueblo y les dio de comer.

Hasta este punto podríamos decir que no dieron un paso más, porque se quedaron sólo con el acontecimiento, mismo que no se había vuelto a repetir hasta el milagro de la multiplicación de los panes que hizo Jesús, pero para ellos, lejos de ser este signo una nueva manifestación,  fue algo ofensivo y blasfemo contra el milagro del maná del que tanto habían presumido. Las palabras de Jesús que revelan su condición divina, se convierten en motivo de escándalo, lo que no resulta nada extraño para quien no está acostumbrado a ver más allá de lo que se nos presenta. Es decir si hubiesen sido un poco de más meditación, habrían entendido que el alimento que Jesús ofrece no es solamente para este mundo, sino para tener vida eterna, de tal forma que el hecho de comer, no se reduce a una simple necesidad biológica en la perspectiva de Cristo, por eso, él, al tener la capacidad y el poder de ofrecerse como alimento lo hace.

Y decían: « ¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?».

Para debatir las palabras de Jesús, resulta para ellos oportuno hacer referencia al origen humano del Señor, poniendo de referencia que su padre y madre son conocidos para ellos, según lo cual no hay por lo tanto ninguna referencia que les haga ver su condición divina. Por tal motivo las palabras de Jesús les resultan blasfemas, y dan la impresión de que quiere usurpar el lugar de Dios. Lo interesante aquí es que al parecer no se hacen la pregunta sobre si Jesús está diciendo la verdad, porque eso los pondría a ellos como irreverentes ante el poder divino. Es claro que hasta este punto no les interesa defender la obra de Dios, sino sus propios intereses, porque al reconocer las palabras y el origen divino de Jesús, esto provocaría que perdieran sus privilegios, y al parecer, no estaban dispuestos a eso, por eso lo importante es cuestionarlo para demostrar que Jesús es un mentiroso, porque de lo contrario, su estatus social y religioso estarán en peligro.

Ahora entendemos que el énfasis en la naturaleza humana de Jesús, es bastante oportuno, ya que eso refutaría siglos más tarde la herejía de los docetistas, que afirmaba que Jesús sólo tuvo cuerpo en apariencia, es decir que no era verdadero hombre.

Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquen. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día.

Jesús no niega su naturaleza humana, y los invita a dejarse conducir por el Padre que los lleva hacia él, donde su labor como hijo es hacer su voluntad. Con esto el Señor les muestra que tiene la misma naturaleza del Padre, que es coeterno con Él.

En la actualidad muchas personas se siguen resistiendo a la obra divina, cegados por los conocimientos científicos o por el avance de la tecnología que pretende sustituir el lugar  de Dios y del hombre, pero que no da respuesta a todas las necesidades que atañen a la humanidad.

Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.

Jesús vuelve a insistir en lo importante que es interpretar con fidelidad la palabra, porque en ella encontraran el sentido de lo que les está diciendo. Si ellos de verdad quieren convertirse en discípulos, necesariamente tendrán que escuchar al Padre para dar ese gran paso, seguido a eso llegaran a Jesús.

No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre.

Nuevamente Jesús vuelve a hacer alusión a su condición divina, y revela con claridad que Él está junto a Dios, que ha visto al Padre y que por consiguiente sabe de lo que les está hablando, por eso ante la pretensión de querer ser los verdaderos conocedores de la Ley, los profetas y los acontecimientos del pasado, Jesús les manifiesta que él conoce perfectamente al Padre, al Dios que se le ha revelado y que ahora se los está presentando como un Padre que quiere a traer a todos hacia su hijo, por lo que no deberían de mostrar resistencia.

En verdad, en verdad les digo. El que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida.

Jesús vuelve a hacer énfasis en la importancia que tiene la fe, porque sólo a través de ella, se les abrirán los oídos para que escuchen con atención lo que Jesús les está enseñando, y al manifestarse como el pan de la vida, les insiste en que una vida verdaderamente en su plenitud, sólo se encuentra en él.

Sus padres comieron el maná en el desierto y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.

Ese pan del que comieron su padres en el pasado y que murieron, Jesús lo vuelve a mencionar, no porque quiera burlarse o despreciarlo, sino simplemente porque es importante que entiendan que ese maná sólo puede ser tomado como una prefiguración del verdadero pan que es Él. Por eso insiste en que la vida que se prolonga, y sobre pasa las barreras de la muerte, es la que da él. Por eso la eucaristía para la Iglesia desde entonces, es el alimento que la nutre y prepara a los fieles a la felicidad de la vida eterna, de esa vida de la cual los santos nos dan testimonio.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

Jesús vuelve a hacer énfasis en la capacidad que tiene de dar vida, además de que alude a ser un pan vivo, y tiene el poder de dar la vida eterna a todos aquellos que lo coman. Con esto Jesús comienza a dar la garantía de sus palabras y acciones, mismas que no pueden ser vistas a la ligera y con desprecio, sino con la mayor reverencia y respeto digno de un Dios verdadero. Ahora como en otros tiempos, sabemos de la importancia que tiene que el mundo tenga vida, pero vida de verdad, por eso los que somos alimentados por Cristo, tenemos la tarea de mostrar, y predicar la importancia que tiene la eucaristía para que las personas vivan de verdad.

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